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Champix me ayudó a dejar de fumar después de 29 años de adicción

12 min read Updated March 29, 2026

Champix me ayudó a dejar de fumar después de 29 años de adicción

Me llamo Sergio Mendoza, tengo 52 años y vivo en la Ciudad de México. Fumé 29 años de mi vida. Veintinueve años. Si lo pienso así, más de la mitad de mi existencia la pasé encendiendo cigarros, uno tras otro, día tras día, sin parar. Hoy, después de un año y medio libre de tabaco, puedo decir que Champix, el medicamento que finalmente me funcionó, fue la llave que abrió la puerta hacia una vida que yo ya había dado por perdida.

El chamaco que empezó a fumar en Coyoacán

Tenía 23 años cuando fumé mi primer cigarro. Era 1997, vivía en una vecindad del barrio de Coyoacán y trabajaba como mensajero en una empresa de seguros del centro. Mi jefe directo, el licenciado Paredes, era un fumador empedernido que siempre tenía un Delicados entre los dedos. Los Delicados eran el cigarro del pueblo, baratos y fuertes, con ese olor inconfundible que impregnaba toda la oficina.

Un viernes por la tarde, después de una semana pesada de entregas, el licenciado Paredes me convidó uno. “Tómese uno, Mendoza, se lo merece.” Yo lo admiraba, era un tipo culto, exitoso, y si él fumaba, pues no podía ser tan malo. Ese primer Delicados me supo amargo y me hizo toser, pero la sensación de mareo ligero que vino después, esa pequeña fuga de la realidad, me enganchó.

Tres décadas de humo capitalino

En pocos meses pasé de fumar de vez en cuando a un paquete diario. Con los años, los Delicados se fueron y llegaron los Marlboro Rojo, que era lo que fumaba la mayoría de la gente en mi círculo. Un paquete al día, todos los días, durante 29 años. Hagan la cuenta: eso son más de 10.000 paquetes, más de 200.000 cigarros. Doscientos mil veces encendí un cigarrillo y me llevé el veneno a los pulmones.

Fumar en la Ciudad de México es sumarle contaminación a la contaminación. Esta ciudad ya tiene un aire que a veces no se puede ni ver de lo gris, y si encima le agregas el humo del cigarro, estás multiplicando el daño. Pero yo no pensaba en eso. Pensaba en el cigarro que me fumaba en la azotea de mi departamento en la colonia Narvarte mirando la ciudad encenderse por las noches. En el que me fumaba esperando el metro en la estación Coyoacán. En el de la sobremesa después de unos tacos al pastor en el puesto de Don Chucho en la Portales. En el que acompañaba la cerveza en la cantina de la esquina los viernes.

Cada momento de mi vida tenía un cigarro asociado. El primero al despertar, con el café de olla que mi esposa Silvia me preparaba. El de después de comer, que yo decía que era el más sabroso del día. El de la noche, en el balcón, antes de acostarme, que era como un ritual de despedida del día. Si un extraterrestre me hubiera observado, habría pensado que el cigarrillo era una extensión de mi mano.

El deterioro silencioso

Los primeros diez años no sentí nada. O mejor dicho, no quise sentir nada. La tos matutina apareció gradualmente, tan despacio que la normalicé. “Es que en esta ciudad, con tanta contaminación, ¿quién no tose?”, me decía. Los catarros que se convertían en bronquitis cada invierno también los achacaba al clima. La falta de aire al subir las escaleras del metro la atribuía a la edad.

A los 40 años el deterioro ya era evidente. Me agitaba con cualquier esfuerzo. Subir tres pisos de escaleras me dejaba jadeando como si hubiera corrido un maratón. Mi voz se había vuelto ronca, grave, con un timbre rasposo que la gente a veces confundía con una voz “interesante” pero que en realidad era el sonido de unas cuerdas vocales maltratadas por casi dos décadas de humo.

A los 45, el dentista me dijo que tenía periodontitis severa y que iba a perder piezas dentales si no dejaba el tabaco. Me sacaron dos muelas. A los 48, el dermatólogo me señaló que las arrugas prematuras alrededor de mi boca y ojos eran típicas de fumadores crónicos. A los 50, el cardiólogo me encontró hipertensión arterial y colesterol alto, ambos agravados por el tabaquismo.

Cada médico me decía lo mismo: “Deje de fumar.” Y yo les decía que sí, que ya mero, que la próxima semana. La próxima semana se convirtió en años.

Los intentos que fracasaron

Intenté dejar de fumar seis veces a lo largo de mi vida. Seis veces. Intenté en frío dos veces: la primera duré tres días, la segunda una semana. Probé parches de nicotina una vez: los usé un mes pero me daban comezón insoportable en la piel y los dejé. Probé chicles de nicotina Nicorette: me duraron dos semanas porque me lastimaban las encías. Probé con un vapeador: terminé usando vapeador y cigarros al mismo tiempo. Probé hipnosis: gasté 3,000 pesos en una sesión que no me hizo absolutamente nada.

Después del sexto fracaso, me rendí. Tenía 49 años y estaba convencido de que iba a morir fumando. Lo acepté con una resignación que ahora me parece cobardía, pero en ese momento se sentía como la única verdad posible. “Unos nacen para correr maratones y otros nacemos para fumar”, le dije a Silvia. Ella me miró con una tristeza que me persiguió durante semanas.

El día que el miedo le ganó a la adicción

El 12 de agosto de 2024, estaba en mi oficina en la colonia Roma. Ya no era mensajero; con los años había escalado hasta ser supervisor administrativo en la misma empresa de seguros. Estaba revisando unos documentos cuando sentí un dolor agudo en el pecho izquierdo. Se me fue el aire, me agarré del escritorio y pensé: “Me está dando un infarto.”

Mi compañero Arturo llamó a la ambulancia. Me llevaron al Hospital General. Después de horas de exámenes, resultó que no era un infarto. Era un espasmo intercostal severo, probablemente relacionado con la irritación crónica de las vías respiratorias. Pero el susto fue real. Acostado en esa camilla de hospital, conectado a un monitor, con Silvia agarrándome la mano y llorando, pensé en mis hijos: Alejandra de 25 y Sergio Junior de 22. Pensé en que no quería que me vieran morir en un hospital. Pensé en los nietos que quería conocer algún día. Pensé en todo lo que me estaba perdiendo por culpa de un maldito cigarro.

El neumólogo del hospital, el doctor Ramírez, se sentó conmigo al día siguiente y me habló con una franqueza que agradecí. “Don Sergio, usted tiene 52 años, fuma desde hace 29, tiene EPOC en estadio temprano, hipertensión y colesterol alto. Si sigue fumando, en cinco años va a estar muy mal. Le quiero proponer un tratamiento con vareniclina, que se comercializa como Champix. Es el medicamento con mayor tasa de éxito para fumadores crónicos como usted.”

Conociendo Champix

El doctor Ramírez me explicó cómo funciona Champix. La vareniclina actúa sobre los receptores de nicotina en el cerebro. Tiene un efecto doble: por un lado, estimula parcialmente esos receptores para reducir los síntomas de abstinencia. Por otro lado, bloquea la nicotina de manera que si uno fuma mientras toma el medicamento, el cigarrillo no produce el mismo placer de antes. Es como si el cerebro dejara de encontrarle el gusto al cigarro.

Me advirtió sobre posibles efectos secundarios: náuseas, sueños vívidos, cambios de ánimo. Me dijo que debía reportar inmediatamente cualquier cambio anímico severo. También me explicó que el tratamiento duraba doce semanas, con la opción de extenderlo si era necesario.

Champix no es barato en México. Un tratamiento completo puede costar entre 4,000 y 6,000 pesos dependiendo de la farmacia. Pero cuando calculé lo que gastaba en cigarros al mes, más de 3,000 pesos, el costo del medicamento se veía razonable. Sobre todo si consideraba que era una inversión en seguir vivo.

El inicio del tratamiento

Empecé a tomar Champix el 1 de septiembre de 2024. La primera semana fue de ajuste: media pastilla de 0.5 mg al día durante los tres primeros días, luego media pastilla dos veces al día durante cuatro días. A partir de la segunda semana, la dosis completa: una pastilla de 1 mg dos veces al día. Durante esa primera semana seguí fumando, como indicaba el protocolo.

Algo extraordinario empezó a pasar en esos primeros días. Los cigarros empezaron a saberme diferentes. No malos exactamente, sino vacíos. Como si alguien hubiera sacado algo del sabor, como si faltara esa satisfacción que siempre sentía al dar la primera calada. Mi cerebro seguía pidiéndome que fumara, pero cuando lo hacía, la recompensa no llegaba. Era como rascar una lotería y que todos los números salieran perdedores.

El 8 de septiembre de 2024, exactamente una semana después de empezar el tratamiento, fumé mi último cigarro. Fue por la noche, en el balcón de mi departamento. Le di tres caladas, no sentí nada especial, y lo apagué. No hubo drama, no hubo ceremonia. Simplemente ya no tenía sentido seguir fumando algo que no me daba nada.

Los primeros días sin fumar

Los primeros días sin cigarro con Champix fueron radicalmente diferentes de todos mis intentos anteriores. La urgencia de fumar estaba ahí, pero amortiguada, como si alguien la hubiera envuelto en algodón. No sentía esa ansiedad salvaje que me había derrotado seis veces antes. No tenía dolores de cabeza. No estaba gritándole a todo el mundo.

Las náuseas sí aparecieron. Las primeras dos semanas fueron las peores en ese aspecto. Tomaba la pastilla después de desayunar con un vaso grande de agua, como me indicaron, y aun así sentía el estómago revuelto durante una o dos horas. Pero comparado con la ansiedad brutal de la abstinencia sin medicamento, las náuseas eran un precio menor.

Los sueños vívidos también aparecieron. No eran desagradables, pero sí muy intensos. Sueños en colores, con historias elaboradas, que me dejaban una sensación extraña al despertar. Le comenté al doctor Ramírez y me dijo que era normal y que solía disminuir con el tiempo. Y así fue. Para la cuarta semana, los sueños habían vuelto a la normalidad.

El apoyo que me sostuvo

Silvia fue mi ancla. Después de 29 años viéndome fumar, de rogarme que dejara, de llorar de impotencia, esta vez se volcó conmigo de una manera diferente. No me presionaba, no me vigilaba. Simplemente estaba ahí. Me preparaba aguas de jamaica y de limón para cuando sentía la boca seca. Me acompañaba a caminar por las tardes en el parque Hundido. Me abrazaba sin decir nada cuando la noche se ponía difícil.

Mis hijos también fueron fundamentales. Alejandra, mi hija, que estudia medicina en la UNAM, me explicaba los beneficios de dejar de fumar con detalle clínico que me motivaba. “Papá, a las 72 horas tus bronquios ya se están relajando. A las dos semanas tu circulación mejora. A los tres meses tu función pulmonar puede aumentar hasta un 30%.” Escuchar esos datos de boca de mi hija les daba un peso que no tenían viniendo de un artículo de internet.

Sergio Junior me retó a caminar con él todos los domingos. “Un kilómetro más cada semana, jefe”, me dijo. Al principio caminábamos dos kilómetros por el paseo de la Reforma. Al mes ya eran cinco. A los tres meses caminábamos diez kilómetros sin que yo necesitara parar.

El momento de la verdad

El momento más difícil fue en octubre, durante una cena con mis viejos amigos de la colonia Narvarte. Éramos seis, cinco de los cuales seguían fumando. Nos reunimos en una cantina que frecuentábamos desde hacía veinte años. El olor a cigarro llenaba el lugar. Mis amigos fumaban mientras platicábamos y tomábamos unas cervezas Victoria.

Sentí una punzada de nostalgia. No tanto de nicotina, sino de pertenencia. Fumar había sido parte de nuestra identidad grupal. Era lo que hacíamos juntos. Sin el cigarro en la mano me sentía raro, como si faltara algo.

Mi amigo Raúl me ofreció uno. “Ándale, Sergio, no seas mamón, uno no te va a hacer nada.” Agarré el cigarro, lo olí, y se lo devolví. “No, carnal. Esta vez sí la hice en serio.” Raúl me miró con sorpresa y después con algo que se parecía al respeto. “Te envidio, cabrón”, me dijo. Y yo supe que había ganado.

Los resultados que hablan solos

A los tres meses de tratamiento, el doctor Ramírez me hizo nuevos exámenes. La función pulmonar había mejorado. La presión arterial estaba bajando. “Don Sergio, esto va por muy buen camino”, me dijo. “La EPOC no se revierte, pero hemos detenido la progresión y su cuerpo se está recuperando en todo lo demás.”

La tos matutina desapareció al segundo mes. El silbido que a veces escuchaba en mi pecho al respirar se fue. Puedo subir las escaleras del metro sin jadear. Puedo caminar diez cuadras sin pararme. Mi voz se fue suavizando, perdiendo esa ronquera crónica.

Los ahorros son impresionantes. A más de 100 pesos la cajetilla, yo gastaba unos 3,000 pesos mensuales en cigarros. En un año y medio sin fumar, he ahorrado más de 54,000 pesos. Con parte de ese dinero llevé a Silvia a Oaxaca, un viaje que le había prometido hacía años. Caminamos por Monte Albán bajo el sol, probamos mezcal, comimos tlayudas en el mercado 20 de Noviembre. Y yo pude disfrutarlo todo sin tener que escaparme a fumar cada media hora.

Mi vida a los 52

Hoy tengo 52 años y llevo un año y medio sin fumar. Es el periodo más largo sin tabaco en 29 años. Ya terminé el tratamiento con Champix hace más de un año y no he necesitado volver a tomarlo. Las ganas de fumar aparecen de vez en cuando, como un eco lejano, pero ya no tienen poder sobre mí. Son un recuerdo, no una necesidad.

Mi salud ha mejorado en todos los frentes. La hipertensión está controlada. El colesterol bajó. Mi dentista dice que las encías se están recuperando. Puedo jugar con mis sobrinos en el parque sin quedarme muerto. Puedo caminar con Silvia por la Reforma de la mano, sin parar, sin jadear.

Pero lo que más valoro es la libertad. Durante 29 años fui esclavo de un objeto de cinco centímetros que me dictaba cuándo parar, cuándo salir, cuándo gastar. Hoy tomo mis propias decisiones sin que la nicotina tenga voto. Y eso, esa autonomía recuperada, es lo más valioso que he ganado en este proceso.

Para quien lleva décadas fumando

Si tienes 40, 50, 60 años y llevas décadas fumando, quiero que sepas que hay esperanza. Yo fracasé seis veces. Seis veces me dije que era imposible. Y a la séptima, con la herramienta correcta, lo logré.

Champix no es para todos. Tiene efectos secundarios, requiere supervisión médica, y no es barato. Pero para mí fue la diferencia entre seguir matándome lentamente y recuperar mi vida. Habla con tu médico. Explórale las opciones. No te quedes con la idea de que ya es muy tarde.

Porque nunca es tarde. Mientras respires, hay oportunidad. Y la vida sin cigarro, te lo digo yo que estuve del otro lado 29 años, es infinitamente mejor. Cada respiración profunda, cada escalera sin jadear, cada abrazo sin olor a humo, cada día que le ganas a la adicción, es una victoria que vale la pena celebrar.

Yo soy Sergio Mendoza, tengo 52 años, soy de la Ciudad de México, y soy libre. Y si yo pude, tú también puedes.