Dejé de fumar en frío total después de 22 años en La Paz
Dejé de fumar en frío total después de 22 años en La Paz
Me llamo Alejandro Pérez, tengo 45 años y soy de La Paz, Bolivia. Fumé durante 22 años, desde que era un muchacho de 23 hasta los 44. Veintidós años respirando humo en la ciudad más alta del mundo, donde el oxígeno ya de por sí es escaso. Lo dejé en frío, de un día para otro, sin parches, sin chicles, sin pastillas. Solo con la decisión más firme que he tomado en mi vida y el apoyo de las personas que me quieren. Hoy, después de más de un año sin fumar, cuento mi historia porque sé que a alguien le puede servir.
El primer cigarrillo a 3.600 metros de altura
Empecé a fumar en 2003, cuando tenía 23 años. Trabajaba como ayudante de mecánica en un taller de la zona de Villa Fátima, en la ladera este de La Paz. El dueño del taller, Don Mamerto, fumaba como chimenea. Cigarrillos Astoria, los más populares de Bolivia en aquella época. Todos en el taller fumaban. Era parte del ambiente: el olor a grasa de motor mezclado con humo de cigarrillo.
Un día, Don Mamerto me ofreció uno mientras descansábamos después de reparar un motor complicado. “Tomá, Ale, te lo ganaste”, me dijo. Yo sabía que fumar en La Paz era una locura. Estamos a 3.640 metros sobre el nivel del mar, el aire tiene menos oxígeno, y fumar aquí es como ponerte una bolsa en la cabeza mientras subes una escalera. Pero tenía 23 años, quería encajar, y lo acepté.
Ese primer Astoria me dejó mareado, con la cabeza dando vueltas y el corazón acelerado. Pero el mareo, combinado con la falta de oxígeno de la altura, producía una sensación extraña que mi cerebro interpretó como placer. Al segundo día ya estaba comprando mi propio paquete.
Veintidós años fumando en las nubes
Con los años fui escalando en mi adicción igual que La Paz escala por sus laderas. De cinco cigarrillos diarios pasé a diez, de diez a quince, de quince a un paquete completo. Probé diferentes marcas: Astoria, Casino, y cuando podía permitírmelo, Marlboro, que era más caro pero me hacía sentir como si hubiera subido de categoría.
Fumar en La Paz tenía sus particularidades. La altura hace que todo esfuerzo físico sea más difícil, y si a eso le sumas el cigarrillo, el resultado es devastador para los pulmones. Subir las cuestas empinadas de la ciudad, que para cualquier paceño es parte del día a día, se me hacía cada vez más difícil. La calle Jaén, la Sagárnaga, las subidas del Prado hacia Sopocachi, todas se convertían en un calvario respiratorio.
Pero yo seguía fumando. Los viernes de salteña en el mercado Lanza, con un cigarrillo antes y después. Las tardes de futbol con los amigos en la cancha del barrio, fumando en la banca porque ya no aguantaba correr. Las noches en la calle Murillo, tomando singani con Coca Cola y fumando sin parar. Las festividades del Gran Poder, cuando las bandas tocaban y la gente bailaba, y yo estaba al costado fumando porque bailar me dejaba sin aliento.
El precio que pagué
Los efectos del cigarrillo combinados con la altura se hicieron sentir más temprano que en otras personas. A los 35 años ya tenía problemas respiratorios serios. Subir desde la zona Sur hasta el centro en transporte público me dejaba exhausto. La tos crónica se instaló como una compañera permanente. En invierno, cuando el frío seco de La Paz aprieta, las infecciones respiratorias se repetían cada dos meses.
Mi esposa, Soledad, me rogaba que dejara de fumar. “Alejandro, vos tenés los labios morados cuando subís las gradas”, me decía con preocupación. Los labios morados son señal de falta de oxígeno, algo que en La Paz puede pasarle a cualquiera por la altura, pero que en un fumador crónico se convierte en algo frecuente y peligroso.
Mi mamá, doña Teresa, que vive en El Alto, tenía miedo por mí. Ella había visto a su hermano, mi tío Raúl, morir de cáncer de pulmón a los 58 años. Era fumador de toda la vida. Cada vez que me visitaba en La Paz, me decía: “Hijito, no quiero que terminés como el Raúl.” Yo bajaba la cabeza y le decía que sí, que iba a dejar, pero no lo hacía.
Los intentos que se quedaron en el camino
Intenté dejar de fumar tres veces antes de lograrlo. La primera, a los 30, lo hice por una apuesta con un amigo. El que durara más sin fumar ganaba. Duré seis días. Mi amigo duró tres. Ninguno ganó realmente porque ambos volvimos al cigarrillo.
La segunda vez, a los 36, probé con un vapeador que compré en una tienda de la Pérez Velasco. Lo usé un par de meses, pero nunca dejé del todo el cigarrillo convencional. Terminé con ambas cosas.
La tercera vez, a los 40, intenté reducir gradualmente: bajar de un paquete a medio, de medio a cinco cigarrillos, de cinco a uno. La teoría era buena, la práctica fue un desastre. Nunca logré bajar de ocho cigarrillos por día. Mi cerebro no aceptaba la reducción y siempre me empujaba a fumar uno más.
El momento que me cambió la vida
En noviembre de 2024, mi hijo Sebastián, que tenía 15 años, tenía un partido de futbol importante con su colegio. El campeonato intercolegial de La Paz, la final. Me pidió que fuera a verlo. “Papá, tenés que estar ahí”, me dijo con una emoción que me conmovió.
Fui a la cancha, que estaba en la zona Sur de la ciudad. Para llegar desde nuestro barrio en Miraflores había que subir y bajar varias cuestas. Llegué tarde porque tuve que parar tres veces en el camino para recuperar el aliento. Cuando finalmente entré a la cancha, el primer tiempo ya había empezado. Sebastián me vio llegar desde la cancha y me saludó con la mano. Yo levanté la mano para saludarle, pero estaba tan agitado que me tuve que sentar inmediatamente.
Sebastián metió el gol del triunfo en el minuto 78. Todos los padres se levantaron a celebrar. Yo intenté levantarme, pero me fallaron las piernas y me quedé sentado, aplaudiendo desde la grada con los ojos llenos de lágrimas. No eran lágrimas de alegría solamente. Eran lágrimas de frustración, de rabia conmigo mismo, de vergüenza. Mi hijo acababa de hacer algo extraordinario y yo no podía ni pararme para celebrarlo.
Esa noche, en casa, Sebastián me abrazó y me dijo: “Gracias por venir, papá.” Yo lo abracé fuerte y pensé: “Este muchacho se merece un padre que pueda correr a abrazarlo, no uno que se quede sentado jadeando.”
Al día siguiente, el 18 de noviembre de 2024, dejé de fumar. Lo hice en frío.
Los primeros días del infierno
No voy a endulzar esto. Los primeros días fueron un infierno absoluto. Dejarlo en frío después de 22 años de adicción es como arrancarle una parte del cuerpo a tu cerebro. La ansiedad era monstruosa. Sentía las manos vacías, la boca vacía, el pecho apretado. Mi cerebro me bombardeaba sin parar: “Solo uno. Solo uno y ya.” Esa voz no descansaba ni de día ni de noche.
El primer día lo pasé caminando por la casa como un león enjaulado. No podía sentarme, no podía concentrarme en nada. Soledad me preparó mate de coca, que en Bolivia es el remedio para casi todo, y el calor de la taza en las manos me ayudaba un poco. Pero la urgencia seguía ahí, constante, implacable.
El segundo y tercer día fueron los peores. Dolores de cabeza intensos, sudoración, irritabilidad extrema. Le grité a Soledad por algo sin importancia y inmediatamente me sentí terrible. “Perdóname”, le dije. “Es que mi cuerpo está peleando contra mí.” Ella me tomó la cara con las manos y me dijo: “Estás peleando contra el cigarrillo, no contra mí. Y vas a ganar.”
Las estrategias de supervivencia
Desarrollé mis propias estrategias para sobrevivir los momentos críticos. Lo primero fue mantener las manos ocupadas. Empecé a pelar naranjas. Suena raro, pero el acto de pelar una naranja requiere concentración manual, produce un aroma agradable y te da algo para masticar al final. Compraba una bolsa de naranjas cada dos días. Soledad se reía viéndome pelar naranjas a toda hora, pero funcionaba.
Lo segundo fue caminar. A pesar de que caminar en La Paz requiere esfuerzo por la altura, empecé a salir todos los días. Caminaba por el Prado, bajaba hasta San Francisco, subía por la Sagárnaga. Al principio me cansaba rápido, pero cada día podía caminar un poquito más. El ejercicio liberaba una energía que antes canalizaba fumando.
Lo tercero fue hablar. Le conté a todo el mundo que estaba dejando de fumar. A mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo. No por presión social, sino porque sabía que si lo hacía público, me costaría más dar marcha atrás. La vergüenza de admitir un fracaso frente a tanta gente sería un motivador extra.
Mi amigo Carlos, que había dejado de fumar cinco años antes, se convirtió en mi apoyo principal fuera de la familia. Me llamaba todos los días. “¿Cómo vas, Ale?” “Mal”, le decía yo. “Normal”, me contestaba él. “Mañana vas a estar un poquito mejor.” Y tenía razón.
La curva de recuperación
La primera semana fue brutal. La segunda fue difícil pero soportable. Para la tercera semana, los síntomas físicos de abstinencia empezaron a ceder. Los dolores de cabeza desaparecieron. La ansiedad bajó de intensidad. Seguía pensando en fumar, pero ya no era esa urgencia desesperada e incontrolable.
Al primer mes sentí algo que no había sentido en 22 años: podía respirar profundo sin toser. En La Paz, donde cada bocanada de aire cuenta porque hay menos oxígeno, eso fue revelador. Sentí como si mis pulmones se hubieran expandido, como si de repente pudieran tomar más aire del que venían tomando.
A los tres meses, subí caminando desde el Prado hasta Sopocachi sin parar una sola vez. Soledad, que iba conmigo, me miró sorprendida. “Alejandro, no paraste”, me dijo. “No”, le dije sonriendo y con los ojos húmedos. “No paré.”
Los cambios que me devolvieron la vida
Los cambios físicos fueron impresionantes, especialmente considerando la altura de La Paz. Mi capacidad respiratoria mejoró tanto que el médico del Hospital de Clínicas me dijo que mis pulmones se estaban recuperando de manera notable. “Don Alejandro, a los tres meses los resultados ya son significativos. Siga así.”
El color de mi piel cambió. Los labios morados que tanto preocupaban a Soledad fueron recobrando un color más normal. La tos matutina desapareció por completo al segundo mes. Las infecciones respiratorias que me azotaban cada invierno no aparecieron. Pasé mi primer invierno paceño en más de una década sin gripe ni bronquitis.
Pero el cambio que más atesoro fue este: seis meses después de dejar de fumar, Sebastián tuvo otro partido de futbol. Fui a verlo, llegué a tiempo, y cuando metió un gol, me levanté de la grada y corrí hasta la orilla de la cancha gritando como loco. Me levanté. Corrí. Sin jadear, sin sentarme, sin que me fallaran las piernas. Sebastián me vio y me señaló con el dedo, dedicándome el gol. Fue el momento más feliz de mi vida.
El ahorro que cuenta
Un paquete de cigarrillos en Bolivia cuesta entre 15 y 25 bolivianos, dependiendo de la marca. Yo gastaba alrededor de 20 bolivianos diarios. Eso son 600 bolivianos al mes, más de 7.000 bolivianos al año. Con lo que ahorré en el primer año sin fumar, le compré a Sebastián los botines de futbol que quería, los Nike que le costaban una fortuna, y todavía me sobró para llevar a toda la familia a comer a un restaurante lindo de la zona Sur. Sentados ahí, los cuatro juntos, comiendo sin que yo tuviera que salir cada quince minutos a fumar afuera, Soledad me tomó la mano y me dijo: “Así quería que fuéramos siempre.”
Lo que aprendí
Aprendí que dejar de fumar en frío no es para todos, pero es posible. Requiere una determinación de hierro, un sistema de apoyo sólido y la disposición de sufrir los primeros días sabiendo que el sufrimiento es temporal. Lo que no es temporal son los beneficios.
Aprendí que la adicción al cigarrillo es tanto física como psicológica, y que la parte psicológica es la más difícil de vencer. Puedes superar la abstinencia física en dos o tres semanas, pero la tentación mental puede durar meses. La clave está en desarrollar nuevos hábitos, nuevas asociaciones, nuevas respuestas para los momentos que antes llenabas con un cigarrillo.
Aprendí que nunca es tarde. Fumé 22 años. Más de la mitad de mi vida hasta ese momento. Y aun así pude dejarlo. Mis pulmones se están recuperando. Mi cuerpo se está sanando. Mi vida es mejor de lo que ha sido en dos décadas.
Un mensaje desde las alturas
Si estás leyendo esto desde La Paz, desde El Alto, desde cualquier ciudad de altura, quiero que sepas algo: fumar aquí arriba es doblemente peligroso. El oxígeno ya es escaso y el cigarrillo te roba el poco que hay. Pero dejarlo aquí arriba también es doblemente gratificante. Porque cuando tus pulmones empiezan a recuperarse en la altura, cada respiración se siente como un regalo.
Hoy tengo 45 años, llevo más de un año sin fumar, y puedo subir las cuestas de La Paz sin parar. Puedo correr detrás de mi hijo en la cancha. Puedo respirar profundo y sentir cómo el aire frío de los Andes me llena los pulmones. Soy libre. Y si yo pude, después de 22 años y tres intentos fallidos, vos también podés.