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Dejé de fumar con parches de nicotina después de 13 años: mi experiencia desde Bogotá

7 min read Updated March 29, 2026

Dejé de fumar con parches de nicotina después de 13 años: mi experiencia desde Bogotá

Me llamo Adriana Navarro, tengo 36 años, soy bogotana de pura cepa, y hoy puedo decir con toda la alegría del mundo que dejé de fumar. Llevaba 13 años fumando y ya no me imaginaba la vida sin un cigarrillo en la mano. Hoy llevo 14 meses libre del tabaco, y cada día confirmo que fue la mejor decisión que he tomado.

Empecé a fumar a los 23 años, recién graduada de administración de empresas de la Universidad Javeriana. Conseguí mi primer trabajo en una firma de consultoría en el centro de Bogotá, por la zona de la Candelaria, y la cultura laboral de ese lugar era una locura. Jornadas de doce horas, entregas imposibles, presión constante. Mis compañeros de equipo fumaban en la terraza del edificio durante los descansos, y a mí me parecía que esos diez minutos al aire libre, con el cerro de Monserrate al fondo y un cigarrillo entre los dedos, eran el único momento del día en que podía respirar. Qué ironía, pensándolo ahora.

Comencé con Marlboro Light, como tanta gente. Al principio era un cigarrillo o dos al día, solo en el trabajo. Pero en menos de un año ya fumaba en la casa también. Un cigarrillo con el tinto de la mañana. Otro después del almuerzo. Otro mientras esperaba el TransMilenio en la estación. Para cuando cumplí 28 años estaba en un paquete de Lucky Strike al día. Me gasté millones de pesos en cigarrillos durante esos años. Plata que podría haber invertido, ahorrado, viajado.

Lo intenté dejar varias veces por mi cuenta. La primera fue cuando cumplí 30 años, como propósito de año nuevo. Duré exactamente cinco días. La segunda fue cuando mi mamá me mostró una radiografía de un pulmón de fumador que encontró en internet y me rogó llorando que dejara esa “porquería.” Esa vez duré dos semanas, pero volví después de una pelea terrible con mi ex novio. La tercera vez fue con hipnosis. Un amigo me recomendó una señora en Usaquén que supuestamente había curado a medio Bogotá. Pagué trescientos mil pesos, me sentí relajada durante la sesión, y al día siguiente me fumé tres cigarrillos seguidos.

El punto de quiebre llegó un sábado por la mañana. Estaba jugando con mi sobrina Valentina, que tenía cuatro años, en el parque de la 93. Nos pusimos a correr y a los tres minutos yo estaba doblada, con las manos en las rodillas, tratando de recuperar el aliento. Valentina me miraba confundida. “Tía Adri, por qué estás tan cansada si apenas corrimos poquito?” Me dio una vergüenza terrible. Esa noche, en mi apartamento de Chapinero, busqué en Google “cómo dejar de fumar” y empecé a investigar en serio.

Leí sobre todas las opciones: chicles de nicotina, pastillas, terapia, hipnosis (ya descartada), y parches transdérmicos de nicotina. Los parches me llamaron la atención por varias razones. Primero, no requerían que cambiara drásticamente mi rutina de un día para otro. Segundo, podía usarlos discretamente debajo de la ropa sin que nadie en la oficina se enterara. Tercero, las estadísticas de éxito me parecieron razonables. No prometían milagros, pero sí una ayuda concreta.

Fui a la droguería y compré una caja de parches Nicorette de 21 miligramos. En Colombia se consiguen en las droguerías de cadena, en Cruz Verde, en Farmatodo. No son baratos, pero cuando hice la cuenta de lo que me gastaba mensualmente en cigarrillos, resultó que los parches eran más económicos. Eso sí, me hubiera gustado que vinieran con mejores instrucciones. El prospecto era muy técnico y no me explicaba bien qué esperar emocionalmente.

Mi primer día con parche fue un lunes 6 de enero de 2025. Me lo puse en el brazo, debajo de la manga de la blusa, antes de salir para la oficina. La sensación fue extraña. No sentía las ganas desesperadas de fumar que esperaba, pero sí una ansiedad difusa, como un zumbido bajo que no podía localizar. A media mañana, cuando normalmente hubiera salido a la terraza a fumar, me quedé en mi escritorio con un vaso de agua aromática. Las manos me temblaban un poco. Agarré un esfero y empecé a garabatear en un cuaderno. Sobreviví ese primer día.

La primera semana con el parche de 21 mg fue un tira y afloja constante. El parche me quitaba lo peor de la abstinencia física, pero no eliminaba el hábito mental. Yo seguía buscando excusas para salir a la terraza. Seguía pensando en cigarrillos después de comer. Seguía sintiendo el vacío en la mano. Para combatir eso, me compré un paquete de palitos de zanahoria y apio que llevaba a todas partes en un tuppercito. Mis compañeras de trabajo me miraban raro al principio, pero cuando les conté que estaba dejando de fumar, se volvieron mi equipo de apoyo.

Mi amiga Catalina, que trabaja conmigo en la oficina, fue fundamental. Ella nunca ha fumado en su vida y nunca me juzgó por hacerlo, pero cuando se enteró de que estaba dejando, se puso en modo de apoyo total. Me mandaba mensajes de ánimo por WhatsApp. Me invitaba a caminar por el Parque de la 93 en la hora del almuerzo en vez de quedarnos en la oficina. Me regaló un libro que se llama “El placer de dejar de fumar” que, aunque un poco repetitivo, me ayudó a reforzar mi motivación.

A las cuatro semanas bajé al parche de 14 mg, como indicaba el tratamiento. Sentí la diferencia. Los primeros dos días con la dosis reducida tuve más ansiedad, más ganas de fumar. Pero ya llevaba un mes de victoria acumulada, y eso me daba fuerza. Había pasado semanas sin fumar. Había comprobado que podía aguantar reuniones, almuerzos, salidas con amigos, viernes por la noche, todo sin cigarrillo. No iba a tirar eso a la basura.

El momento más difícil de todo el proceso fue en la semana seis, cuando terminé una relación de dos años. Mi ex, Daniel, era fumador. Nos habíamos conocido fumando en la terraza de un bar en la Zona T. Fumar era parte de nuestra historia. Cuando cortamos, sentí una urgencia brutal de comprar un paquete de Lucky Strike y fumarme la mitad. Fue visceral. Me temblaban las manos, me sudaba la frente. Llamé a Catalina y le dije: “No puedo más, me voy a comprar cigarrillos.” Ella me dijo: “Adriana, ese man no merece que vuelvas a fumar por él.” Tenía toda la razón. Me preparé un agua de panela con limón, me acosté a llorar un rato, y al día siguiente seguía sin fumar.

A las ocho semanas pasé al parche de 7 mg, la última fase. Para ese momento ya me sentía mucho más estable. Los antojos eran esporádicos y manejables. Ya no pensaba en cigarrillos al despertarme. Ya no extrañaba el ritual de después del almuerzo. Había construido nuevas rutinas: el agua aromática de la mañana, la caminata del mediodía, la lectura antes de dormir.

El día que me quité el último parche fue una fiesta privada. Estaba sola en mi apartamento, era un domingo por la tarde, y me quité el parche del brazo con una ceremonia ridícula que incluía aplaudir sola en el baño. Lloré un poquito. Llamé a mi mamá y le dije: “Mami, dejé de fumar.” Se puso a llorar ella también. Ese momento vale más que cualquier cosa que el cigarrillo me haya dado jamás.

Hoy, más de un año después, mi vida cambió por completo. Corro tres kilómetros sin parar. Me inscribí en una carrera de 10K para junio. La piel me mejoró increíblemente. Mi dermatóloga me dijo que parezco de 30, lo cual seguramente es una exageración, pero se lo agradezco. Ahorro casi doscientos mil pesos al mes que antes se me iban en cigarrillos. Con esa plata estoy armando un fondo para un viaje a Europa que siempre soñé.

Pero lo más importante es la libertad. Ya no dependo de una sustancia para funcionar. Ya no planifico mi día alrededor de cuándo puedo fumar el siguiente cigarrillo. Ya no me preocupa si el restaurante tiene terraza para fumadores. Ya no me escondo para fumar cuando voy a visitar a mi mamá. Soy libre, y esa libertad no tiene precio.

A quien esté considerando los parches de nicotina, le digo esto: funcionan, pero no son magia. Son una herramienta que te quita lo peor de la abstinencia física para que puedas concentrarte en la batalla mental. Y esa batalla mental es la que realmente importa. Necesitás apoyo, necesitás nuevas rutinas, necesitás un “por qué” que sea más fuerte que la adicción. El mío fue mi sobrina Valentina corriendo en el parque. El tuyo puede ser cualquier cosa, pero tiene que ser algo que te mueva el corazón.

Si yo pude, vos podés. Y si no me creés, intentá. Lo peor que puede pasar es que no lo logres a la primera, y en ese caso, lo intentás de nuevo. Cada intento te acerca más a la meta. Yo soy la prueba de que al cuarto intento puede funcionar.