19 años fumando en Guadalajara y los parches me devolvieron la vida
Soy Beatriz Flores, tengo 42 años, vivo en Guadalajara y durante 19 años fui esclava del cigarro. Hoy soy libre. Lo digo así, con esa palabra que suena grande, porque eso es exactamente lo que siento. Libertad. Y quiero que sepan cómo llegué aquí, porque si mi historia le sirve a una sola persona para dar el paso, habrá valido la pena contarla.
Empecé a fumar a los 23 años. Era recién egresada de la carrera de contaduría en la Universidad de Guadalajara, y había conseguido mi primer trabajo en un despacho contable en la colonia Providencia. El trabajo era una locura total durante la temporada fiscal. De enero a abril vivíamos prácticamente en la oficina, y el cigarro era parte de la cultura laboral. Los descansos se tomaban en el estacionamiento, y ahí se fumaba y se cotorreaba. Si no fumabas, te quedabas adentro solo, y yo no quería quedarme sola.
Mi primera cajetilla fue de Marlboro rojo. En México el Marlboro tiene un estatus casi cultural entre los fumadores. Después probé de todo: Camel, Pall Mall, Benson & Hedges, hasta los Delicados que fumaba mi tío Ernesto. Pero siempre volvía al Marlboro. Al final fumaba entre quince y veinte cigarros al día, dependiendo del nivel de estrés. En temporada fiscal podía llegar a veinticinco.
Lo peor de fumar en Guadalajara es que la ciudad tiene una calidad del aire que ya de por sí no es la mejor. Sumarle un paquete diario de cigarros al cóctel de contaminación era una receta para el desastre. Y el desastre llegó, poco a poco, como llegan todas las catástrofes que uno se niega a ver.
Primero fue la tos. Una tos seca, persistente, que aparecía sobre todo por las noches. Mi mamá, que vive en Tlaquepaque y que me visitaba cada domingo para comer birria juntas, me decía “mija, esa tos no es normal”. Yo le decía que era alergia, que era el clima, que era cualquier cosa menos lo que era. Después vino la falta de aire. Guadalajara tiene subidas y bajadas que no se notan en carro, pero caminando se sienten. Ir del estacionamiento a mi oficina, que estaba en un tercer piso sin elevador, se convirtió en una prueba de resistencia. Y finalmente, a los 38 años, me diagnosticaron EPOC en fase temprana. Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica. A los 38 años.
El neumólogo del Hospital Civil de Guadalajara fue muy directo conmigo. Me dijo que la EPOC no se cura, pero que si dejaba de fumar inmediatamente, podía detener la progresión y mejorar significativamente mi calidad de vida. Si seguía fumando, en diez años iba a necesitar oxígeno suplementario. Esas palabras se quedaron grabadas en mi cerebro como con hierro caliente.
Intenté dejar el cigarro a las bravas dos veces. La primera duré nueve días. La segunda, trece. Ambas veces fue igual: los primeros días estaba motivada y fuerte, pero después venía una ola de ansiedad tan intensa que sentía que me iba a volver loca. Estaba irritable con todo el mundo, no podía dormir, no podía concentrarme en el trabajo, y al final terminaba comprando una cajetilla en el Oxxo de la esquina y fumándome tres cigarros seguidos con las manos temblando.
Fue mi neumólogo quien me sugirió los parches de nicotina. Me explicó que la terapia de reemplazo de nicotina permite que el cuerpo vaya dejando la sustancia gradualmente, sin el shock del retiro total. En México los más comunes son los Nicorette, y se consiguen en cualquier farmacia grande. Vienen en tres dosis: 21 miligramos, 14 y 7, y la idea es ir bajando de dosis cada pocas semanas hasta que el cuerpo ya no necesite la nicotina.
Me compré la primera caja de parches Nicorette de 21 mg en una farmacia Guadalajara (la ironía del nombre no se me escapa). Ese mismo día me pegué el primer parche en el brazo izquierdo y no fumé. Y aquí viene lo interesante: no sentí el infierno que había sentido las dos veces anteriores. Las ganas de fumar estaban ahí, sí, pero eran manejables. Era como tener hambre pero saber que ya viene la comida. La nicotina del parche mantenía a raya los peores síntomas de abstinencia mientras yo trabajaba en deshacer los hábitos.
Porque ese es el otro gran reto: los hábitos. Después de 19 años, fumar no es solo una adicción química, es un ritual completo. El cigarro con el café por la mañana. El cigarro después de comer. El cigarro al salir de una junta. El cigarro mientras esperas en el tráfico de Periférico. Cada uno de esos momentos tenía que ser reconstruido sin cigarro, y eso requirió creatividad y paciencia.
El café de la mañana lo cambié por té verde. No porque el café fuera malo, sino porque la asociación café-cigarro era demasiado fuerte y necesitaba romperla. Después de comer, en lugar de salir a fumar, empecé a caminar. Mi oficina está cerca de la Glorieta Chapalita, y descubrí que dar una vuelta de quince minutos después de almorzar me hacía sentir mil veces mejor que cualquier cigarro. En el tráfico puse podcasts a todo volumen, y en las juntas llevaba una botella de agua para tener algo en la mano.
Las primeras cuatro semanas con el parche de 21 mg fueron retadoras pero manejables. Tuve un poco de irritación en la piel donde me ponía el parche, así que aprendí a rotarlo: un día en el brazo, otro día en el hombro, otro en la espalda. También tuve algunos sueños raros, algo que me advirtió el médico que podía pasar. Si eso sucedía, me dijo, me lo quitara antes de dormir y me lo pusiera al despertar. Funcionó perfecto.
A la quinta semana bajé al parche de 14 mg. La transición se sintió, no voy a mentir. Hubo un par de días en que las ganas de fumar volvieron con fuerza, especialmente en situaciones de estrés. Justo esa semana tuve un problema con un cliente importante del despacho, y mi primer instinto fue salir al estacionamiento a fumar. Pero me detuve, respiré hondo, y llamé a mi hermana Patricia en lugar de comprar cigarros. Patricia me habló durante veinte minutos sobre la telenovela que estaba viendo, y para cuando colgamos, las ganas habían pasado. A veces la distracción es la mejor medicina.
A la novena semana pasé al parche de 7 mg, y honestamente ya casi no sentía la necesidad física de fumar. El hábito psicológico seguía ahí en algunos momentos, pero era como un eco lejano, no como el grito desesperado de las primeras semanas.
A la semana doce, me quité el último parche. Y no pasó nada terrible. Esperaba una recaída, esperaba el infierno, y lo que vino fue una sensación extraña de normalidad. No fumar se había convertido en mi nueva normalidad.
Los cambios en mi salud fueron impresionantes. En mi siguiente cita con el neumólogo, mis pruebas de función pulmonar habían mejorado notablemente. Me dijo que la EPOC no había progresado y que mi capacidad respiratoria estaba recuperándose. No iba a necesitar oxígeno suplementario. Cuando salí de esa consulta, me senté en una banca frente al hospital y lloré como no había llorado en años.
Mi vida cotidiana cambió de maneras que no esperaba. Puedo subir las escaleras de mi oficina sin llegar arriba con el corazón saliéndose del pecho. Puedo ir al tianguis del domingo en el Parque de la Revolución y caminar durante horas sin cansarme. Me inscribí en clases de zumba en un gimnasio de Zapopan y descubrí que me encanta bailar, algo que el cigarro me había robado porque no tenía condición para nada.
Mi mamá fue la persona más feliz cuando le dije que había dejado de fumar. Ese domingo, mientras comíamos la birria de siempre, me abrazó con una fuerza que no le conocía y me dijo “ya era hora, mija”. Tenía razón. Ya era hora.
Económicamente, el ahorro es brutal. En México una cajetilla de Marlboro cuesta alrededor de 80 pesos. Fumando una diaria, son más de 2,400 pesos al mes. Casi 29,000 pesos al año. Con ese dinero me fui a Vallarta un fin de semana largo, compré unos tenis para correr, y abrí una cuenta de ahorro que antes me parecía imposible.
Los parches no son la solución para todo el mundo. Lo sé. Cada persona es diferente, y lo que funcionó para mí puede no funcionar para otra. Pero lo que sí puedo decir es que no hay que tener miedo de pedir ayuda. Yo intenté sola y no pude. Con los parches, pude. No es debilidad, es inteligencia. Usas las herramientas que tienes disponibles para ganar una batalla que importa.
Hoy, cuando paso frente a un Oxxo y veo los cigarros detrás del mostrador, no siento nada. Bueno, miento. Siento gratitud. Gratitud de ya no necesitarlos. Gratitud de poder respirar el aire de Guadalajara, con todo y su contaminación, sin sumarle el humo de veinte cigarros diarios. Gratitud de estar viva y sana a los 42 años, con muchos domingos de birria con mi mamá por delante.
Si estás pensando en dejar de fumar y el método de frío total no te ha funcionado, investiga los parches de nicotina. Habla con tu médico. No te rindas solo porque un método no funcionó. Hay más caminos, y uno de ellos te va a llevar a donde necesitas estar. A mí me llevó de vuelta a mi vida.