23 años fumando y la combinación de terapia y Zyban me salvó la vida
Me llamo Rocío Hernández, tengo 46 años y vivo en Barcelona. Durante 23 años fui fumadora. No fumadora social, no fumadora de fin de semana, no fumadora “solo cuando salgo de fiesta”. Fumadora de verdad. De las que se levantan a las seis de la mañana y lo primero que hacen es encender un cigarrillo en el balcón antes de que nadie se despierte. De las que llevan siempre un paquete en el bolso, otro de reserva en el cajón de la mesilla, y un mechero en cada chaqueta. Hoy llevo más de un año sin fumar, y quiero contar cómo llegué hasta aquí.
Empecé a fumar a los 23 años, en la universidad. Estudiaba Derecho en la Universitat de Barcelona, y el patio de la facultad era básicamente un cenicero al aire libre. Todo el mundo fumaba. Los profesores fumaban. Los bedeles fumaban. Los que estudiaban Derecho fumábamos con especial dedicación, como si prepararse para ser abogado requiriese inevitablemente un Fortuna entre los dedos. Mi primera marca fue precisamente Fortuna, que en aquella época era lo que fumaba la mayoría de los universitarios españoles por pura cuestión de precio. Con el tiempo pasé a Camel y finalmente me estabilicé en Winston, que fue mi marca durante los últimos quince años.
Fumaba un paquete al día. Veinte cigarrillos. A veces más si salía de cañas por el Born o por Gràcia con las amigas. La vida social en Barcelona gira mucho alrededor de las terrazas, y las terrazas durante años fueron territorio fumador. Incluso después de la ley antitabaco de 2011, cuando prohibieron fumar en los bares cerrados, las terrazas siguieron siendo nuestro refugio. Nos sentábamos fuera llueva o truene, con la cervecita y el cigarrillo, convencidas de que aquello era libertad. Qué equivocadas estábamos.
Los años pasaron y mi cuerpo empezó a pasar factura. A los 35 me detectaron hipertensión leve. A los 38 tuve una bronquitis que duró tres meses y me dejó con una tos que ya no se fue del todo. A los 40, mi médica de cabecera en el CAP de mi barrio en el Eixample me hizo una espirometría y me dijo que mi capacidad pulmonar estaba al 72% de lo que debería ser para mi edad. “Rocío, tienes los pulmones de una mujer de 60 años”, me dijo mirándome por encima de las gafas. Yo asentí, salí de la consulta, y me fumé un cigarrillo en la puerta del centro de salud. Así de absurda es la adicción.
Lo que me dolía más que mi propia salud era el efecto en mis hijos. Tengo dos: Pablo, de 14 años, y Marta, de 11. Durante años fumé en el balcón para “no fumarles encima”, como si las paredes de un piso del Eixample fueran una barrera impenetrable contra el humo. El olor se colaba por todas partes. La ropa de los niños olía a tabaco. Sus mochilas olían a tabaco. Un día Marta vino del colegio y me dijo que una compañera le había dicho que “tu madre huele a cigarrillo”. Se lo dijo como un insulto. Marta me lo contó llorando, y esa noche, después de acostar a los niños, yo también lloré en el balcón con un Winston en la mano.
Intenté dejar de fumar cinco veces a lo largo de los años. Cinco. La primera con fuerza de voluntad pura, y duré cuatro días. La segunda con parches Nicorette, y duré tres semanas. La tercera con un libro de autoayuda, dos semanas. La cuarta con un vaporizador electrónico, que solo consiguió que fumara cigarrillos Y vapeara al mismo tiempo, lo peor de los dos mundos. La quinta con hipnosis, que no me hizo ningún efecto. Cada fracaso me convencía más de que yo era un caso perdido, una fumadora de por vida, alguien que simplemente no tenía la capacidad de dejarlo.
Fue mi hermana Lucía quien me sugirió probar un enfoque diferente. Lucía es psicóloga, vive en Madrid, y llevaba años diciéndome que la adicción al tabaco tiene un componente psicológico tan fuerte como el químico. “No basta con quitar la nicotina del cuerpo si no entiendes por qué fumas”, me decía. Yo le ponía los ojos en blanco, pero tenía razón.
Pedí cita con una psicóloga especializada en adicciones en Barcelona. Se llama Dra. Montserrat Puig, y desde la primera sesión supe que esta vez iba a ser diferente. La Dra. Puig no me dijo que fumar era malo. Eso ya lo sabía. Lo que hizo fue ayudarme a entender los mecanismos emocionales detrás de mi adicción. Me hizo ver que fumaba cuando estaba estresada, sí, pero también cuando estaba aburrida, cuando estaba triste, cuando estaba contenta, cuando estaba nerviosa. El cigarrillo se había convertido en mi respuesta emocional universal, una muleta que usaba para no enfrentar lo que realmente sentía.
Trabajamos durante varias semanas antes de fijar una fecha para dejar de fumar. Durante ese tiempo aprendí técnicas de manejo de ansiedad, de identificación de disparadores, de reestructuración cognitiva. Aprendí que cuando sentía ganas de fumar, no era “necesidad” sino un impulso condicionado que duraba entre tres y cinco minutos y que se podía manejar sin ceder. Aprendí a diferenciar entre el hambre real y la ansiedad oral que confundía con hambre. Aprendí a sentarme con la incomodidad sin buscar un escape inmediato.
Paralelamente, mi médica de cabecera me recetó bupropión, comercializado como Zyban en España. Es un antidepresivo que también actúa sobre los circuitos de recompensa del cerebro relacionados con la nicotina. Se empieza a tomar una o dos semanas antes del día que dejas de fumar, para que el medicamento alcance niveles terapéuticos en el organismo. Mi médica me advirtió de posibles efectos secundarios: sequedad de boca, insomnio leve, y en casos raros, cambios de humor. Me dijo que estuviera atenta y que le avisara si sentía algo raro.
El día que dejé de fumar fue un jueves de septiembre. Lo recuerdo porque hacía un calor brutal en Barcelona, de esos que convierten el Eixample en un horno de ladrillo. Había fumado mi último cigarrillo la noche anterior, en el balcón, mirando las luces de la Sagrada Família a lo lejos. No fue un momento dramático. Simplemente apagué el cigarrillo, tiré el paquete a la basura, y me fui a dormir.
La primera semana fue complicada, pero mucho menos de lo que esperaba. El Zyban hacía su trabajo con la parte química: las ganas de fumar estaban atenuadas, no tenía esa sensación de vacío desesperante que había sentido otras veces. Y la terapia hacía su trabajo con la parte mental: cuando aparecían las ganas, yo tenía herramientas para gestionarlas. Respiración diafragmática. Distracción activa. Diálogo interno constructivo. Sonaba a charla de coach motivacional, pero funcionaba.
Lo más difícil fueron las situaciones sociales. La primera vez que salí de cañas por Gràcia sin fumar, me sentí como una extraterrestre. Todo el mundo en la terraza fumaba, el olor estaba por todas partes, y yo tenía una copa de vino en una mano y nada en la otra. Sentía que me faltaba algo, como si hubiera salido de casa sin las llaves. Pero la Dra. Puig me había preparado para eso. “Ese vacío que sientes no es real”, me había dicho. “Es tu cerebro buscando un patrón que ya no existe. Dale tiempo y creará uno nuevo.” Y así fue.
El Zyban lo tomé durante doce semanas, como indicaba el tratamiento. La terapia la mantuve durante seis meses, primero semanal y después quincenal. La combinación de las dos cosas fue lo que marcó la diferencia. El medicamento me daba la base química para no caer, y la terapia me daba las herramientas para construir una vida sin tabaco.
Los cambios en mi cuerpo fueron apareciendo poco a poco. Al mes ya no tosía por las mañanas. A los dos meses podía subir las escaleras del metro en Passeig de Gràcia sin quedarme sin aliento. A los tres meses, mi piel había cambiado de color: tenía una luminosidad que llevaba años sin ver. A los seis meses, mi médica repitió la espirometría y mi capacidad pulmonar había subido al 81%. Me miró sonriendo y me dijo “vas por buen camino, Rocío”. Esa frase me la tatué en la memoria.
Pablo y Marta fueron los que más notaron el cambio. Un día Pablo me dijo, así sin venir a cuento: “Mamá, ya no hueles a tabaco”. Lo dijo como si fuera la cosa más natural del mundo, pero para mí fue un regalo inmenso. Y Marta, mi pequeña valiente, ya no tiene que aguantar que sus compañeras le digan nada sobre cómo huele su madre.
El ahorro económico también fue considerable. En España un paquete de Winston cuesta alrededor de 5,80 euros. Fumando uno al día, son unos 174 euros al mes. Más de 2.000 euros al año. Con ese dinero me llevé a los niños a Menorca en verano, algo que llevaba años queriendo hacer y que siempre posponía porque “no había presupuesto”. El presupuesto estaba ahí, solo que se iba en humo.
Hoy miro hacia atrás y no siento rencor contra mí misma por haber fumado 23 años. Siento compasión. Siento comprensión. Y siento un orgullo enorme por haber encontrado finalmente el camino. No fue un camino fácil, y no fue un camino que recorrí sola. Necesité ayuda profesional: una psicóloga que me enseñó a entenderme y un medicamento que me dio el empujón bioquímico que necesitaba. No hay vergüenza en pedir ayuda. La vergüenza está en no pedirla cuando la necesitas.
Si estás en España o en cualquier parte del mundo y llevas años fumando, quiero que sepas algo: no eres un caso perdido. Yo lo pensé durante años, y estaba equivocada. A veces solo necesitas encontrar la combinación correcta de herramientas. Para mí fue terapia y Zyban. Para ti puede ser otra cosa. Pero el primer paso es siempre el mismo: decidir que mereces una vida sin humo.
Barcelona sigue siendo preciosa. Las terrazas de Gràcia siguen llenas de gente. Pero ahora me siento en ellas sin necesitar un cigarrillo para disfrutarlas. Y la Sagrada Família desde mi balcón se ve igual de bonita sin humo delante. Mejor, de hecho. Mucho mejor.