Dejé de fumar a los 57 años después de 34 años de adicción
Dejé de fumar a los 57 años después de 34 años de adicción
Me llamo Roberto Jiménez, tengo 57 años y soy de Monterrey, Nuevo León. Durante 34 años fui esclavo del cigarro. Más de tres décadas de mi vida las pasé con un Marlboro Rojo entre los dedos, tosiendo por las mañanas, oliendo a humo rancio y gastando una fortuna que pude haber usado para algo mejor. Hoy, después de casi dos años sin fumar, puedo decir que dejar el cigarro en frío fue la decisión más difícil y más valiosa que he tomado en mi vida.
El inicio de una adicción de más de tres décadas
Empecé a fumar a los 23 años, recién casado y trabajando en una fábrica de autopartes en el parque industrial de Santa Catarina. En aquel entonces, en los años noventa, fumar era lo más normal del mundo. En la fábrica, durante los descansos, todos sacaban su cajetilla. Los jefes fumaban en sus oficinas, los operadores fumaban afuera junto a los andenes de carga. Era parte de la cultura laboral.
Mi compadre Héctor fue quien me enganchó. “Ándale, Roberto, prueba uno. Te quita el estrés de la chamba.” Y claro, en un trabajo de turnos rotativos donde a veces entrabas a las seis de la mañana y salías a las diez de la noche, cualquier cosa que prometiera alivio era bienvenida. Ese primer cigarro me supo horrible, a humo amargo, a químico. Pero al segundo ya no me pareció tan malo. Y al tercero ya lo estaba disfrutando.
Treinta y cuatro años de humo
Con el tiempo, fumar se convirtió en parte de todo lo que hacía. Me levantaba y lo primero era un cigarro con mi café de olla. Antes de subirme a la troca para ir al trabajo, otro. En cada descanso en la fábrica, dos o tres más. Después de comer, sin falta. Viendo el futbol por la noche, acompañado de una cerveza Carta Blanca, otros cuantos. Al final fumaba entre cajetilla y media y dos cajetillas diarias. Eso son entre 30 y 40 cigarros al día.
Los domingos, cuando hacíamos carne asada en el patio con la familia, yo era el que siempre estaba junto al asador con un cigarro en la boca. “Eso le da sabor a la carne”, bromeaba. Pero la verdad es que no podía estar ni veinte minutos sin fumar. Era una necesidad física que me controlaba por completo.
Mi esposa, Lupita, me pedía que dejara el cigarro desde el día en que nos casamos. Cada año era la misma conversación. “Roberto, piensa en los niños. Roberto, piensa en tu salud. Roberto, vas a acabar enfermo.” Y yo siempre le contestaba lo mismo: “Ya sé, vieja, ya mero lo dejo.” Pero ese “ya mero” se convirtió en 34 años.
Las señales que ignoré
El cuerpo me mandó señales durante años y yo las ignoré todas. La tos crónica que me agarraba cada mañana la normalicé. “Es el sereno de Monterrey”, me decía, como si el clima tuviera la culpa. Me faltaba el aire al subir escaleras, pero yo lo achacaba a la edad. Me salían infecciones respiratorias cada invierno, pero el doctor de la fábrica me recetaba antibióticos y yo seguía fumando como si nada.
A los 50 años me hicieron una radiografía de tórax por una bronquitis que no se me quitaba. El neumólogo del Hospital Universitario me dijo que tenía signos tempranos de enfisema. Me explicó lo que eso significaba, me mostró las imágenes, me habló de estadísticas. Y aun así no dejé de fumar. La adicción es así de poderosa. Te dicen que te estás matando y tú asientes con la cabeza mientras prendes otro cigarro.
El día que todo cambió
El 15 de mayo de 2024 cambió mi vida para siempre. Ese día, mi nieta Sofía, que tenía seis años, se acercó a mí mientras yo fumaba en el patio y me dijo algo que se me quedó grabado en el alma: “Abuelito, ¿por qué hueles feo? ¿Estás enfermo?”
Esa pregunta, tan inocente y tan directa, me destrozó. No fue el neumólogo, no fueron las radiografías, no fueron los regaños de Lupita. Fue mi nieta de seis años, mirándome con esos ojos grandes, preguntándome si estaba enfermo. En ese momento entendí que no solo me estaba haciendo daño a mí. Le estaba haciendo daño a mi familia. A mis hijos. A mis nietos. Al futuro que quería compartir con ellos.
Esa noche, después de que todos se fueron a dormir, saqué la cajetilla que tenía en el bolsillo de mi camisa. Quedaban ocho cigarros. Los partí uno por uno y los tiré a la basura. También tiré los encendedores, los ceniceros, todo. “Se acabó”, dije en voz baja. Y lo dije en serio.
En frío total: la batalla más dura de mi vida
Decidí dejarlo en frío, sin parches, sin chicles, sin medicamentos. Sé que no es lo que recomiendan los doctores, y sé que hay herramientas que pueden ayudar. Pero yo soy terco. Siempre he sido terco. Si iba a dejar esto, iba a dejarlo con pura fuerza de voluntad. Era algo personal entre la adicción y yo.
Las primeras 24 horas fueron un infierno. No hay otra palabra para describirlo. La ansiedad me comía por dentro. Sentía como si tuviera hormigas recorriéndome todo el cuerpo. Las manos me temblaban. No podía concentrarme en nada. Cada dos minutos pensaba en un cigarro. Mi cerebro me bombardeaba con imágenes de mí fumando, con recuerdos de lo “bueno” que se sentía esa primera calada de la mañana.
El segundo día fue peor. Me dolía la cabeza como nunca en mi vida. Estaba irritable, enojado con todo y con todos. Lupita me preparó un caldo de pollo y yo ni lo quise. “No tengo hambre”, le dije de mala gana. Ella, con una paciencia que no merecía, simplemente me abrazó y me dijo: “Aguanta, viejo. Tú puedes.”
El tercer día empecé a sudar frío. Sentía náuseas. Me desperté a las tres de la mañana con una urgencia brutal de fumar. Me levanté de la cama, fui a la cocina, me serví un vaso de agua y me senté en la oscuridad, apretando el vaso con las dos manos, respirando profundo, repitiendo en mi cabeza: “Por Sofía. Por Lupita. Por mis hijos. Por mí.”
Las estrategias que me salvaron
Descubrí que necesitaba mantener las manos y la boca ocupadas. Empecé a comer paletas de hielo. Compraba las Hielito de limón en la tiendita de la esquina y me comía cinco o seis al día. También masticaba palillos de dientes. Lupita me compraba bolsas de cacahuates japoneses y yo los iba comiendo de a poquitos durante el día.
El ejercicio fue clave. Empecé a caminar todas las mañanas por el Parque Fundidora. Al principio eran caminatas cortas, de veinte minutos, porque me faltaba el aire. Pero cada semana podía caminar un poquito más. Al mes ya estaba caminando una hora diaria. El ejercicio no solo me ayudaba físicamente, sino que me despejaba la mente. Cuando caminaba, los pensamientos sobre fumar se iban diluyendo.
También hablé con un viejo amigo, Don Raúl, que había dejado de fumar diez años antes. Nos sentábamos a platicar en una banca del parque y él me contaba cómo había sido su proceso. “Los primeros tres meses son los más cabrones”, me dijo. “Pero después de eso, cada día es más fácil. Te lo prometo.” Tener a alguien que ya había pasado por lo mismo y que me entendía fue invaluable.
Los primeros meses
La primera semana fue la peor. La segunda fue difícil pero ya no tanto. Para la tercera semana, los síntomas físicos de la abstinencia empezaron a ceder. Ya no me dolía la cabeza. Las náuseas desaparecieron. Seguía pensando en fumar, pero ya no era esa urgencia desesperada de los primeros días. Era más como un recuerdo lejano que aparecía de vez en cuando.
El primer mes fue un logro enorme para mí. Treinta días sin fumar después de 34 años. Lupita me preparó una cena especial: cabrito al pastor, que es mi platillo favorito, y un pastel que decía “Un mes libre”. Mis hijos vinieron a la casa y brindamos con agua de jamaica. Fue uno de los mejores días de mi vida.
Los meses dos y tres tuvieron sus momentos difíciles. Las situaciones sociales eran complicadas. En una carne asada con mis cuñados, todos estaban fumando y el olor del cigarro me llamaba como un canto de sirena. Me tuve que meter a la casa y poner un partido de los Tigres en la televisión para distraerme. Pero no fumé. No iba a tirar a la basura todo lo que había logrado.
Los cambios que transformaron mi vida
A los seis meses sin fumar, volví con el neumólogo. Me hizo nuevas pruebas y los resultados mostraron mejoría. “Sus pulmones se están recuperando, Don Roberto”, me dijo. “Si sigue así, puede revertir buena parte del daño.” Salí de esa consulta sintiéndome como si me hubieran dado una segunda oportunidad de vida.
La tos matutina desapareció por completo al cuarto mes. Ya no me despierto tosiendo como perro viejo. Puedo subir las escaleras de mi casa sin quedarme sin aire. Puedo jugar con mis nietos en el patio sin tener que sentarme a los cinco minutos. El otro día jugué futbol con mi nieto Robertito durante cuarenta minutos seguidos. Hace dos años eso hubiera sido imposible.
El dinero que he ahorrado es increíble. Una cajetilla de Marlboro en Monterrey cuesta alrededor de 80 pesos. Si fumaba casi dos diarias, eran unos 160 pesos al día. Eso son casi 5,000 pesos al mes. En un año, más de 58,000 pesos. Con ese dinero le compré a Lupita el refrigerador nuevo que llevaba años pidiéndome y todavía me sobró para llevar a los nietos a Six Flags.
El orgullo de mi familia
Lo que más me llena el corazón es ver cómo mi familia me mira ahora. Lupita me dice que soy su héroe. Mis hijos me presumen con sus amigos: “Mi jefe dejó de fumar después de 34 años, en frío total.” Y Sofía, mi nieta, la que sin saberlo cambió mi vida con una pregunta inocente, ahora me abraza y me dice: “Abuelito, ya hueles bonito.”
No hay cigarro en el mundo que valga más que eso.
Lo que le diría a alguien que piensa que es muy tarde
Si tienes 50, 60, 70 años y piensas que ya es muy tarde para dejar de fumar, te equivocas. Yo fumé 34 años. Más de la mitad de mi vida. Y aun así pude dejarlo. Los pulmones se recuperan. El cuerpo sana. La vida mejora.
No importa el método que uses. Si necesitas parches, úsalos. Si necesitas medicamento, tómalo. Si quieres hacerlo en frío como yo, adelante. Lo importante es tomar la decisión y aferrarte a ella con todo lo que tienes. Va a doler. Va a ser difícil. Vas a querer rendirte. Pero del otro lado de esa batalla hay una vida que vale la pena. Una vida donde puedes respirar, donde puedes correr con tus nietos, donde puedes abrazar a tu familia sin que se alejen por el olor.
Yo soy Roberto Jiménez, tengo 57 años, soy de Monterrey, y soy libre. Si yo pude, tú también puedes.