Dejé de fumar de golpe después de 18 años: mi historia de éxito
Dejé de fumar de golpe después de 18 años: mi historia de éxito
Me llamo Óscar Herrera, tengo 41 años, vivo en Madrid, y el 14 de febrero de 2024 fumé mi último cigarrillo. No fue romántico. No fue bonito. Fue un Fortuna que me fumé a las siete de la mañana en el balcón de mi piso en Vallecas, tiritando de frío, con resaca de una cena del día anterior, y pensando que aquello era lo más patético que había hecho en mi vida. Y en ese momento, con la colilla todavía humeando en el cenicero, decidí que se había acabado. Sin parches, sin chicles, sin pastillas, sin gradualidad. A pelo. Lo que en España llamamos “dejarlo a lo brusco” y en otros sitios llaman “de golpe” o “frío total”.
Llevaba fumando desde los 23 años. Empecé tarde comparado con muchos de mis colegas del barrio, que ya echaban humo a los quince. Yo aguanté hasta que entré a currar en una obra como electricista. En la construcción, el tabaco es casi una herramienta más. Todos los compañeros fumaban en los descansos, y aquello de quedarte solo mirando el móvil mientras todos compartían mechero y conversación me duró exactamente dos semanas. La tercera semana ya le estaba pidiendo un cigarro a Manolo, el jefe de equipo. Al mes ya me compraba mi propio paquete de Ducados.
Con los años, fui subiendo. De medio paquete pasé a uno entero. De Ducados pasé a Fortuna, y luego a Camel cuando quería darme un capricho. En mis peores épocas llegué a fumar paquete y medio. Me gastaba un dineral. Haciendo cuentas después, calculé que me había gastado más de sesenta mil euros en tabaco a lo largo de mi vida. Sesenta mil euros. Con eso me habría comprado un coche decente, o habría pagado la entrada de un piso.
Pero el dinero no fue lo que me hizo dejarlo. Fueron mis hijos. Tengo dos: Marcos, de 9 años, y Lucía, de 6. Un día, volviendo del cole, Lucía me cogió la mano y me dijo: “Papá, tus dedos huelen fatal.” No lo dijo con maldad. Lo dijo con la sinceridad brutal de una cría de seis años. Me quedé callado y pensé en todas las veces que les había dado un beso con aliento a cenicero. En todas las veces que me habían visto salir al balcón en pleno enero a fumar. En la vez que Marcos le preguntó a su madre si yo me iba a morir por fumar.
Mi mujer, Patricia, llevaba años pidiéndome que lo dejara. Nunca me presionó demasiado porque ella misma había fumado hasta quedarse embarazada de Marcos y sabía lo difícil que era. Pero su preocupación estaba ahí, constante, como un ruido de fondo. Cuando le conté lo de Lucía, me miró y me dijo: “Oscar, tú sabrás.” Y esa frase, por alguna razón, me pegó más fuerte que cualquier sermón.
Decidí dejarlo a lo brusco por una razón muy concreta: soy un tío de extremos. Cuando me pongo a hacer algo, lo hago del tirón. Cuando dejé de beber hace cinco años (otra historia para otro día), lo hice de golpe. Sabía que si me ponía con parches o con reducciones graduales iba a buscar excusas para ir alargando el proceso indefinidamente. “Hoy me pongo un parche menos fuerte” se convertiría en “hoy me fumo solo tres” que se convertiría en “venga, uno más no pasa nada.” Me conocía demasiado bien.
El día que dejé de fumar, tiré el paquete de Fortuna que me quedaba (tenía cuatro cigarrillos), tiré los mecheros, limpié los ceniceros y los metí en una bolsa de basura. Patricia me ayudó a lavar el balcón con lejía para quitar el olor. Fue como un ritual de limpieza. Simbólico pero necesario.
Las primeras 48 horas fueron un infierno. No exagero. Estuve irritable, ansioso, con dolor de cabeza constante. No podía quedarme quieto. Caminaba por el piso de un lado a otro como un león enjaulado. Patricia sacó a los niños a casa de su madre el primer fin de semana porque yo estaba insoportable. Me sentí culpable por eso, pero ella me dijo: “Prefiero que estés insoportable dos días a que estés enfermo toda la vida.” Tiene razón siempre, esa mujer.
El truco que me salvó los primeros días fue el ejercicio. Siempre me había gustado correr, aunque lo hacía poco y mal porque los pulmones no me daban. El primer día sin fumar, me puse las zapatillas y salí a correr por el Parque de Entrevías. Aguanté diez minutos antes de sentir que me iba a morir. Pero esos diez minutos me quitaron el ansia de fumar durante una hora. Así que volví a salir por la tarde. Y al día siguiente. Y al siguiente. Correr se convirtió en mi sustituto del tabaco. Cuando me entraba el mono, me calzaba las Asics y salía a la calle.
La primera semana perdí tres kilos del estrés, lo cual contradice la idea de que todo el mundo engorda al dejar de fumar. Patricia me obligaba a comer aunque no tuviese hambre. Me preparaba tortillas de patata, lentejas, fabada. Comida de cuchara, contundente, reconfortante. Esas comidas se convirtieron en un ancla emocional. Mientras comía, no pensaba en fumar.
La segunda semana fue diferente. La ansiedad física empezó a bajar, pero apareció algo peor: el aburrimiento. No sabía qué hacer con las manos. En el curro, durante los descansos, me quedaba como un pasmarote mientras los compañeros salían a fumar. Empecé a llevarme un libro al trabajo. Uno de esos thrillers de bolsillo que venden en el quiosco. Me leía diez páginas en cada descanso. Los colegas me vacilaban, me llamaban “el profesor”, pero a mí me daba igual. Cada página leída era un cigarrillo no fumado.
El momento más jodido llegó en la tercera semana. Hubo un problema gordo en una obra, un fallo eléctrico que retrasó todo el proyecto, y el jefe de obra me echó la bronca delante de todos. Salí del tajo temblando de rabia. Un compañero me ofreció un cigarrillo como quien ofrece un salvavidas. “Toma, tío, que te hace falta.” Le miré, le miré el cigarro, y sentí que todo mi cuerpo me pedía cogerlo. Pero pensé en los dedos de Lucía agarrando los míos, y en su voz diciendo “huelen fatal.” Dije que no. Me fui a dar una vuelta a la manzana. Fue la decisión más difícil de todo el proceso, y también la que me dio más fuerza para seguir adelante.
Al mes, empecé a notar los cambios. Mi capacidad pulmonar mejoró de forma espectacular. Podía correr treinta minutos sin parar. La comida sabía diferente, más rica. El olor del café por las mañanas era una experiencia nueva. Y Patricia me dijo una noche, mientras veíamos una serie en el sofá, que le gustaba cómo olía mi pelo. Llevábamos quince años juntos y hacía mucho que no me decía algo así.
A los tres meses dejé de pensar en cigarrillos a diario. Ya no era una lucha constante. De vez en cuando, sobre todo después de una buena comida o en una terraza con cañas, me venía el recuerdo. Pero ya no era un deseo urgente. Era más bien una nostalgia leve, como acordarse de un ex con el que la pasaste bien pero que sabes que te hacía daño.
Hoy llevo más de dos años sin fumar. Corro tres veces por semana por Madrid Río. El mes pasado hice una carrera de diez kilómetros, algo impensable cuando fumaba. Marcos me acompaña a veces en bici mientras yo corro. Lucía me agarra la mano y ya no dice nada del olor, solo me sonríe. Patricia y yo estamos mejor que nunca, en parte porque ya no discutimos por el tabaco.
Lo más importante que aprendí en este proceso es que dejar de fumar a lo brusco no es para valientes ni para temerarios. Es para gente que se conoce a sí misma. Yo sabía que la gradualidad no me iba a funcionar. Sabía que necesitaba un corte limpio, total, sin medias tintas. Pero eso no significa que sea el método para todos. Cada persona tiene que encontrar lo que le va bien.
Lo que sí creo que es universal es la necesidad de tener un “por qué” fuerte. El mío eran mis hijos. Cada vez que el mono me atacaba, pensaba en ellos. En el futuro que quería tener con ellos. En las bodas que quería ver, en los nietos que quería conocer, en los partidos de fútbol que quería jugar con Marcos sin quedarme sin aire a los cinco minutos.
También aprendí que el apoyo es fundamental. Patricia fue mi roca. Sin ella, no lo habría conseguido. No hacía falta que me diera discursos motivacionales. Bastaba con que estuviera ahí, con su paciencia infinita, con sus lentejas, con su fe en que yo podía hacerlo.
Si estás pensando en dejarlo a lo brusco, te doy un consejo: prepárate mentalmente, elige un día, y cuando llegue ese día, hazlo. No lo pienses más. No negocies contigo mismo. Tira todo lo relacionado con el tabaco y no mires atrás. Los primeros días van a ser un infierno, pero pasan. Todo pasa. Y lo que queda al otro lado es una vida que no tiene comparación con la que dejaste atrás.
Aquella mañana de San Valentín en el balcón de Vallecas fue el mejor regalo que me hice a mí mismo. Y cada día que pasa sin fumar es una carta de amor a la vida que estoy construyendo.