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25 años fumando y lo dejé de golpe: mi historia desde Guadalajara

9 min read Updated March 29, 2026

25 años fumando y lo dejé de golpe: mi historia desde Guadalajara

Me llamo Miguel Sánchez, tengo 48 años y soy de Guadalajara, Jalisco, la Perla de Occidente. Soy tapatío de hueso colorado, nacido y criado en esta tierra de tequila, mariachi y birria. Y durante 25 años fui también un fumador empedernido que no podía pasar una hora sin encender un cigarro. Hoy llevo un año y dos meses sin fumar ni uno solo, y lo hice de la manera más directa posible: de golpe, sin medicamentos, sin parches, sin nada más que la decisión de hacerlo y la terquedad que Dios nos dio a los jaliscienses.

El tapatío con cigarro

Empecé a fumar a los 23 años, en 2001, cuando trabajaba como mecánico automotriz en un taller del barrio de Analco. El taller era de mi tío Fermín, que fumaba como chimenea y que me ofreció mi primer Delicado una mañana de enero mientras reparábamos un Tsuru desvencijado. “Toma, sobrino, para que se te quite el frío”, me dijo. En Guadalajara los inviernos no son tan fríos como en otros lados, pero ese pretexto me bastó.

De los Delicados pasé a los Marlboro cuando el bolsillo me lo permitió. De dos o tres cigarros al día pasé a diez, luego a quince, luego a una cajetilla completa. Para cuando cumplí 30 y ya tenía mi propio taller de mecánica en la colonia Chapalita, fumaba entre veinte y veinticinco cigarros diarios.

Mi día empezaba a las seis de la mañana con un cigarro en el patio de mi casa, en la colonia Providencia, acompañado de un café de olla bien cargado que mi esposa Lupita preparaba en una olla de barro como le enseñó su abuelita. Llegaba al taller y fumaba entre carro y carro, con las manos llenas de grasa y el cigarro colgando de la boca como un vaquero de película. En la hora de la comida, después de los tacos de barbacoa o la torta ahogada del puesto de don Chema en la avenida Chapultepec, me fumaba dos seguidos. Y por las noches, viendo el América jugar en la tele o escuchando música ranchera en la terraza, me fumaba otros tres o cuatro.

Los sábados eran especiales. Me juntaba con mis amigos de toda la vida en una cantina del centro, La Fuente, que tiene más de cien años de historia. Ahí, entre tequilas, botanas y canciones de José Alfredo, fumábamos como si se fuera a acabar el mundo. Podía fumarme media cajetilla en una noche de cantina sin despeinarse.

El precio que pagué

A los 35 empecé a notar los efectos. Me faltaba el aire cuando subía las escaleras del taller. Tosía todas las mañanas, una tos seca y profunda que Lupita escuchaba desde la cocina. Los clientes del taller me decían que olía a humo viejo. Mis hijos, Daniela y Miguelito, se quejaban del olor cuando los llevaba en la camioneta.

A los 40, mi médico en la clínica del IMSS me diagnosticó bronquitis crónica. Me enseñó las radiografías de mis pulmones y me dijo, con esa franqueza que tienen los doctores que ya están hartos de repetir lo mismo: “Don Miguel, si no deja el cigarro, antes de los 60 va a necesitar un tanque de oxígeno para caminar al baño.” Me asusté, pero no lo suficiente. Seguí fumando cinco años más.

El dinero también se iba. Haciendo cuentas, con el precio promedio de una cajetilla en México, estaba gastando cerca de dos mil pesos al mes en cigarros. Dos mil pesos que podían ir a la colegiatura de Daniela o al ahorro para la universidad de Miguelito. Pero la adicción tiene una manera muy cabrona de hacerte ignorar las matemáticas.

La mañana que cambió todo

Fue un domingo de enero de 2025. Miguelito, que entonces tenía 14 años, me pidió que lo acompañara a jugar fútbol en la unidad deportiva de Colinas de San Javier. Hacía años que no jugaba con él porque siempre ponía excusas: “Estoy cansado”, “Me duele la rodilla”, “Otro día, mijo.” La verdad es que no podía. No me daba el aire.

Ese domingo me armé de valor y fui. Jugué quince minutos. Quince minutos nada más, y tuve que salirme de la cancha porque sentía que me ahogaba. Me senté en la banca, jadeando como un perro viejo, y vi a Miguelito seguir jugando con sus amigos, corriendo, riendo, lleno de vida. Y yo ahí, a los 47 años, incapaz de corretear una pelota con mi hijo.

Miguelito se acercó al final del partido y me dijo, sin drama, sin reproche: “No te preocupes, pa. La próxima jugamos más rato.” Pero yo vi en sus ojos algo que me dolió más que cualquier regaño: resignación. Mi hijo ya se había resignado a que su papá no podía jugar con él. Y eso, compadre, eso sí me partió el alma.

Esa noche le dije a Lupita: “Mañana dejo de fumar. Sin vueltas, sin pretextos, mañana.” Ella me miró con los ojos que tienen las mujeres cuando quieren creer pero ya las han decepcionado muchas veces, y me dijo: “Está bien, mi amor. Pero esta vez hazlo de verdad.”

De golpe y sin anestesia

El lunes 20 de enero de 2025, fumé mi último cigarro a las cinco y media de la mañana, parado en el patio, mirando el cielo todavía oscuro de Guadalajara. Lo apagué en el cenicero de barro que Lupita había traído de Tonalá, recogí todos los cigarros que tenía en la casa, en la camioneta y en el taller, y los tiré a la basura. Los ceniceros los guardé en una caja y los subí al tapanco.

Decidí hacerlo sin ayuda farmacológica porque, siendo honesto, soy terco. Los tapatíos tenemos fama de testarudos, y en mi caso es bien ganada. Sentía que si no lo hacía por mi propio pie, no iba a aprender la lección. Quizás no era la decisión más inteligente, pero fue la mía, y me funcionó.

El infierno de la primera semana

Los primeros tres días fueron salvajes. No hay otra palabra. El lunes, primer día, la ansiedad me tenía temblando. En el taller no podía concentrarme. Aflojé un tornillo que debía apretar y apreté otro que debía aflojar. Mi ayudante Tomás, que sabe lo distraído que me pongo, me preguntó si estaba bien. “Estoy dejando de fumar”, le dije. Se quedó callado un momento y luego dijo: “Órale, jefe. Pues le echo porras.”

El martes fue peor. La irritabilidad me consumía. Le contesté mal a un cliente por algo sin importancia y tuve que disculparme después. Lupita me preparó una jarra de agua de jamaica bien fría y me la llevó al taller a media mañana. “Para que se te baje el coraje”, me dijo con esa sonrisa suya que desarma a cualquiera.

El miércoles, tercer día, fue el pico de la crisis. Estaba en el taller a las tres de la tarde, con un hambre voraz y unas ganas de fumar que me hacían sudar frío. Me subí a la camioneta con la intención de ir al Oxxo de la esquina a comprar una cajetilla. Tenía las llaves puestas, el motor encendido. Y entonces me llegó un mensaje de Miguelito al celular. Era una foto de él con su uniforme de fútbol, sonriendo, con un texto que decía: “Pronto jugamos juntos, pa.”

Apagué el motor. Me quedé sentado en la camioneta diez minutos, respirando, apretando el volante con las dos manos. Y no fui al Oxxo.

Las estrategias que me salvaron

Tuve que reinventar mi vida diaria. El café de olla de la mañana lo seguí tomando, pero en vez de salir al patio donde siempre fumaba, me lo tomaba en la cocina con Lupita mientras ella preparaba el desayuno. Cambiamos la rutina: ahora desayunábamos juntos, huevos rancheros, chilaquiles, molletes con frijol, y esos veinte minutos de compañía reemplazaban los diez minutos de cigarro.

En el taller, cada vez que sentía el impulso, agarraba una herramienta y me ponía a trabajar en algo. Limpiar piezas, organizar refacciones, barrer el piso. Cualquier cosa que mantuviera mis manos ocupadas. Tomás me ayudó siendo mi “guardia”: cada vez que me veía inquieto, me traía un vaso de agua o un chicle de menta.

Las noches eran lo más difícil. El cigarro nocturno en la terraza era el que más extrañaba, porque estaba asociado con la relajación, con el final del día. Lo sustituí por salir a caminar. Al principio daba vueltas a la manzana como un sonámbulo, pero poco a poco empecé a alargar las caminatas. Descubrí calles de mi colonia que no conocía, parques donde la gente sacaba a pasear a sus perros, negocios nuevos que no había visto porque siempre pasaba de largo metido en mi camioneta.

El cuerpo que se transforma

A las dos semanas, la tos matutina empezó a cambiar. Tosía más, paradójicamente, pero era una tos productiva, como si mis pulmones estuvieran haciendo limpieza general. Mi médico me explicó que era normal, que el cuerpo estaba expulsando la mugre acumulada.

Al mes, la tos disminuyó notablemente. Podía respirar más profundo. Subía las escaleras del taller sin jadear. Una mañana me di cuenta de que podía oler el aceite para motor con una claridad que me impresionó. También olía las flores de bugambilia del jardín del vecino, y el aroma de las tortillas recién hechas de la tortillería de la esquina, y el olor a tierra mojada después de un aguacero de esos que caen en Guadalajara como si se rompiera el cielo.

A los dos meses, Lupita me dijo que ya no roncaba. Llevaba años roncando como locomotora, y de pronto, silencio. “Pensé que te habías muerto”, me dijo una mañana, riéndose. También mejoró mi piel. Las ojeras se atenuaron, el color grisáceo de mi cara empezó a desaparecer.

El partido de fútbol

A los tres meses de haber dejado de fumar, Miguelito me volvió a invitar a jugar fútbol. Esta vez jugué cuarenta minutos. No fui el mejor de la cancha, ni por asomo, pero jugué cuarenta minutos sin sentir que me moría. Corrí detrás de la pelota, metí un pase, hasta intenté un tiro a gol que se fue por arriba del travesaño como por tres metros.

Cuando terminamos, Miguelito me abrazó en medio de la cancha. Un abrazo fuerte, de esos que los adolescentes casi nunca dan, y me dijo: “Gracias, pa.” No necesitó decir más. Yo tampoco.

Daniela, mi hija mayor que tiene 20 años y estudia en la UdeG, me regaló unos tenis para correr. “Para que sigas moviéndote, papá”, me dijo. Empecé a usarlos para caminar por la Barranca de Huentitán los domingos, respirando el aire fresco que sube del río Santiago.

Un año y dos meses después

Hoy es marzo de 2026 y llevo más de un año sin fumar. Mi taller sigue funcionando, mejor que nunca porque ya no pierdo tiempo en pausas para fumar. Ahorré más de 25,000 pesos que antes se iban en cigarros. Con ese dinero le compré a Miguelito unas botas de fútbol que quería desde hacía meses y llevé a toda la familia a Sayulita un fin de semana largo.

Mi última revisión médica salió mucho mejor de lo esperado. La bronquitis crónica está en remisión. Mi capacidad pulmonar mejoró un 20 por ciento. Mi médico del IMSS, que me había visto la cara de “no va a dejarlo nunca”, me felicitó con un apretón de manos genuino.

Los sábados sigo yendo a La Fuente con mis amigos. Tomo mi tequila, como mis botanas, canto mis canciones. Pero ya no fumo. Mis amigos al principio me hacían burla, como es costumbre entre cuates: “Ya te volviste muy delicado, Miguel.” Ahora dos de ellos también están intentando dejarlo, inspirados, dicen, por mi ejemplo.

Para el que anda dudando

Si eres de los que quieren dejarlo de golpe, sin muletas, solo con tu voluntad y tu coraje, te digo que se puede. No es bonito, no es cómodo, y los primeros días vas a querer mandar todo al demonio. Pero se puede.

Busca tu razón. La mía fue un chamaco de 14 años con un balón de fútbol y unos ojos que ya se habían resignado a no jugar con su padre. Busca la tuya. Y cuando la encuentres, agárrate de ella como si fuera lo único que te sostiene, porque en los peores momentos, va a ser exactamente eso.

Guadalajara es una ciudad para vivirla con los pulmones abiertos: el olor del tequila en las destilerías de Tequila, el aroma de una birria recién hecha un domingo por la mañana, el aire fresco que baja de la Sierra Madre Occidental. Todo eso está esperándote. Solo tienes que soltar el cigarro para poder agarrarlo.