Dejé de fumar en frío a los 54 años tras 31 años de tabaquismo
Me llamo Luis Castillo, tengo 54 años, soy chilango de hueso colorado y llevo tres años sin fumar. Treinta y un años de mi vida los pasé con un cigarro en la boca. Más de tres décadas prendiéndole fuego a mi salud, a mi dinero y a la paciencia de la gente que me quiere. Y un martes cualquiera de octubre de 2022, a las diez de la noche, apagué el último cigarro en un cenicero de aluminio en la azotea de mi edificio y no volví a tocar otro.
Lo hice en frío. Sin parches, sin pastillas, sin chicles, sin nada. Solo con la decisión más dura y más necesaria que he tomado en mi vida. No recomiendo este método para todos porque cada cuerpo y cada mente son un mundo. Pero fue lo que me funcionó a mí, y quiero contarlo por si le sirve a alguien.
El principio de una adicción larga
Mi primer cigarro fue a los 19 años, en 1991. Trabajaba como ayudante en un taller mecánico de la colonia Doctores, donde me había metido después de dejar la prepa a medias. Todos los mecánicos fumaban. El dueño del taller, don Carmelo, fumaba Delicados sin filtro mientras se metía debajo de los coches. Los otros ayudantes fumaban Faros, que eran los más corrientes. Yo empecé con Faros por no desentonar y porque costaban una miseria.
El taller olía a grasa, a solvente y a tabaco. Esos tres olores se mezclaron en mi memoria y se quedaron ahí para siempre. Todavía hoy, cuando paso por un taller mecánico y me llega ese olor a aceite quemado, una parte de mi cerebro piensa en cigarros. Pero ya no le hace caso.
De los Faros pasé a los Delicados cuando empecé a ganar un poco más. De los Delicados pasé a los Marlboro cuando conseguí mi primer trabajo de verdad como chofer de una empresa de mudanzas en la colonia Narvarte. Y de los Marlboro pasé a los Camel, que fueron mi marca durante los últimos quince años de fumador. Un paquete y medio al día en promedio. Más en días malos. Más cuando llovía y el tráfico de la ciudad se ponía imposible.
Treinta y un años ininterrumpidos
Fumé sin parar desde 1991 hasta 2022. Sin una sola interrupción seria. No intenté dejarlo ni una vez en todo ese tiempo. Es algo que me cuesta admitir, pero es la verdad. Nunca lo intenté porque nunca creí que pudiera. El cigarro era tan parte de mí como mi nombre. Fumaba al despertar, antes de lavarme los dientes. Fumaba manejando la camioneta de reparto. Fumaba después de cada comida. Fumaba mientras veía el fútbol. Fumaba antes de dormir. Fumaba en todos los momentos de mi vida y no concebía la existencia sin eso.
Con los años dejé las mudanzas y me puse mi propio negocio: una taquería en la colonia Portales que monté con mis ahorros y la ayuda de mi hermano Raúl. La taquería fue creciendo, nos fue bien, nos mudamos a un local más grande en la colonia Del Valle. Pero el estrés de ser dueño de negocio me subió el consumo. Los problemas con proveedores, las inspecciones, la competencia, la nómina de los empleados. Cada preocupación era un cigarro. A veces dejaba la taquería un rato, salía a la banqueta y me fumaba tres seguidos mientras miraba pasar los coches por la avenida.
Mi esposa, Graciela, me pedía que lo dejara. Mis hijos, Luis Jr. y Fernanda, me lo pedían. Mi madre, que en paz descanse, me lo pedía cada vez que iba a visitarla a su casa de Iztapalapa. Yo les decía que sí, que algún día, que cuando se pudiera. Pero ese algún día nunca llegaba porque yo nunca le abría la puerta.
Lo que me hizo cambiar
En septiembre de 2022, mi compadre Arturo murió de cáncer de pulmón. Tenía 56 años, solo dos más que yo en ese momento. Fumaba igual o menos que yo. Era un hombre fuerte, trabajador, que se levantaba todos los días a las cinco de la mañana para abrir su taller de carpintería en Coyoacán. Le diagnosticaron el cáncer en marzo y para septiembre ya se había ido. Seis meses. Eso fue todo lo que le dio la enfermedad.
Fui al velorio en una funeraria de Tlalpan. Vi a su esposa, doña Lupe, destrozada. Vi a sus hijos, chavos de veintitantos años, con los ojos rojos de tanto llorar. Vi el ataúd cerrado porque Arturo al final no se parecía a Arturo. Y vi, afuera de la funeraria, a tres de los amigos de Arturo fumando mientras esperaban que empezara el rosario.
Esa noche llegué a mi casa, subí a la azotea y me fumé el último cigarro de mi vida. Lo fumé lento, consciente, sintiendo cada calada como si fuera la primera. Y cuando lo apagué, supe que era la última. No fue una promesa. No fue un juramento. Fue un hecho. Como saber que mañana va a salir el sol. Así de claro lo sentí.
Los primeros días del infierno
No voy a endulzar nada. Los primeros diez días fueron el peor calvario de mi vida. Peor que cuando me asaltaron a punta de pistola en el periférico. Peor que cuando casi pierdo la taquería por una deuda. Peor que cualquier cosa que me haya tocado vivir.
El primer día me desperté y mi mano fue automáticamente a la mesita de noche donde siempre tenía el paquete de Camel. No estaba. Lo había tirado la noche anterior. Me quedé sentado en la cama con las manos vacías y una sensación de vacío en el pecho que me asustó.
El segundo día le grité a uno de mis taqueros porque se le quemó un bistec. Nunca le había gritado a nadie en el trabajo. Me disculpé inmediatamente pero me quedé temblando. El tercer día me comí tres órdenes de tacos al pastor yo solo, a las once de la mañana, tratando de llenar con comida el hueco que había dejado el cigarro. El cuarto día me encerré en el baño de la taquería y me puse a llorar sin motivo aparente.
Graciela fue una santa. Me aguantó la irritabilidad, los cambios de humor, los desvelos. Por la noche yo me despertaba a las tres de la mañana empapado en sudor y me iba a la cocina a tomar agua y comer lo que encontrara. Ella se levantaba conmigo, me preparaba una taza de atole caliente y se sentaba a mi lado sin decir nada. Solo acompañándome.
Las armas que encontré
Sin medicamentos ni sustitutos, tuve que inventar mis propias estrategias sobre la marcha. La primera fue la comida picante. Descubrí que morderle a un chile habanero me producía un subidón que se parecía, de alguna manera remota, al golpe de nicotina del primer cigarro del día. Empecé a cargar chiles en salmuera en una bolsita de plástico a todos lados. Cada vez que me daban ganas de fumar, me comía un trozo de chile. El ardor me distraía, me hacía llorar los ojos y, cuando pasaba, las ganas se habían ido.
La segunda estrategia fue caminar. Todas las noches, después de cerrar la taquería, en lugar de irme directo a casa, caminaba. A veces treinta minutos, a veces una hora. Recorría las calles de la Del Valle con los audífonos puestos escuchando a Vicente Fernández, a Juan Gabriel, a José José. La música y el movimiento me limpiaban la cabeza.
La tercera estrategia fue el agua de jamaica bien fría. Me preparaba una jarra cada mañana y la llevaba a la taquería en un termo. Cada vez que quería un cigarro, le daba un trago largo. Llegué a tomar tres litros de jamaica al día las primeras semanas. Mi doctor me dijo que al menos me estaba hidratando bien.
La cuarta, y quizá la más importante, fue hablar con Arturo. Sí, con mi compadre muerto. Suena raro, lo sé. Pero en los momentos más difíciles, cuando sentía que no iba a aguantar, me imaginaba platicando con él. “Aguanta, carnalito”, me decía en mi imaginación. “Tú puedes. Hazlo por los dos.” Y yo aguantaba.
La curva del dolor
La primera semana fue terrible. La segunda fue mala. La tercera fue difícil. La cuarta fue incómoda. La quinta fue tolerable. Y a partir de la sexta semana, algo cambió. Las ganas de fumar empezaron a espaciarse. Ya no venían cada quince minutos sino cada hora. Luego cada dos horas. Luego cada medio día. Luego una vez al día, generalmente después de comer. Y un día me di cuenta de que llevaba toda una jornada sin pensar en el cigarro ni una sola vez.
Ese fue el día en que supe que lo iba a lograr. No porque las ganas hubieran desaparecido del todo, que no lo habían hecho. Sino porque ya no me daba miedo sentirlas. Ya sabía que venían y se iban, como el tráfico de Insurgentes a las seis de la tarde. Pasaban, hacían ruido, y se alejaban.
Los cambios en mi cuerpo
Al mes sin fumar, la tos desapareció. Esa tos horrible que me acompañaba cada mañana desde hacía más de una década, que Graciela escuchaba desde la cocina con cara de preocupación, se esfumó como si nunca hubiera existido.
A los dos meses, el olfato volvió con una potencia que me abrumó. Mi propia taquería olía distinto. El aroma de la carne asándose en la plancha, del cilantro recién picado, de la cebolla caramelizada. Olores que yo creía conocer pero que en realidad llevaba años percibiendo a través de un filtro de tabaco.
A los tres meses, subí las escaleras del metro Coyoacán sin quedarme sin aire. Cuatro tramos de escaleras, rapidito, como si nada. Mis rodillas me reclamaron un poco pero mis pulmones no. Fue una victoria pequeña pero inmensa.
A los seis meses, mi doctor del IMSS me hizo una revisión general y me dijo que mi presión arterial había bajado significativamente y que mi frecuencia cardíaca en reposo estaba mucho mejor. “Siga así, don Luis”, me dijo palmeándome la espalda. “Sus pulmones le van a agradecer cada día que pase sin fumar.”
Tres años después
Hoy, con tres años y medio sin fumar, puedo decir que fue la mejor decisión de mi vida después de casarme con Graciela y abrir la taquería. He ahorrado una cantidad de dinero que me avergüenza calcular porque significa que en treinta y un años quemé literalmente cientos de miles de pesos. Con lo ahorrado en estos tres años le di el enganche a Fernanda para su primer coche y llevé a Graciela a Cancún, que siempre había querido conocer el mar del Caribe.
La taquería sigue funcionando bien. Luis Jr. ya trabaja conmigo y se está haciendo cargo poco a poco. Yo paso más tiempo disfrutando y menos tiempo estresado. Y cuando el estrés viene, porque siempre viene, ya no necesito un cigarro para manejarlo. Me como un chile, salgo a caminar, le doy un trago a mi jamaica. Y se pasa.
A veces pienso en Arturo. Pienso en lo injusto que fue que se lo llevara el tabaco a los 56 años. Pienso en que yo tuve la suerte de asustarme a tiempo. Pienso en que cada día que vivo sin fumar es un día que le robo a esa enfermedad que se llevó a mi compadre.
Si estás leyendo esto y llevas muchos años fumando y crees que ya es demasiado tarde, te digo una cosa: yo fumé treinta y un años. Más de la mitad de mi vida. Y un martes cualquiera de octubre, en la azotea de mi edificio, decidí que se acababa. Y se acabó. No hay magia. No hay secreto. Solo hay una decisión que tienes que tomar con todo tu cuerpo, con todo tu corazón, con toda tu alma. Y después aguantar. Día a día. Hora a hora. Cigarro a cigarro que no enciendes.
Se puede. Te lo digo yo, un taquero de la Del Valle que le ganó la batalla al cigarro a los 51 años. Se puede.