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15 años fumando en Santiago y Champix me dio la fuerza que me faltaba

8 min read Updated March 29, 2026

Me llamo Graciela López, tengo 38 años y vivo en Santiago de Chile. Durante 15 años fui fumadora, y hoy puedo decir que dejé el cigarro gracias a Champix y a la decisión más importante que he tomado en mi vida. Mi historia no es de esas que suenan heroicas desde el principio. Es la historia de una mujer común y corriente que se enganchó con el tabaco en la universidad y que tardó quince años en salir de esa trampa. Pero salió. Y eso es lo que importa.

Todo empezó cuando tenía 23 años, en la Universidad de Chile. Estudiaba periodismo, y en la Facultad de Comunicaciones fumar era casi un requisito para pertenecer. Los estudiantes de periodismo nos juntábamos en el patio entre clases, todos con su cigarro, discutiendo sobre política, sobre medios, sobre la vida. Si no fumabai, te quedabai un poco al margen. Yo no quería quedarme al margen. Mi primera cajetilla fue de Kent, que en Chile era una marca bastante popular entre los jóvenes. Me acuerdo del sabor de ese primer cigarro como si fuera ayer: amargo, rasposo, desagradable. Pero me lo fumé entero porque no quería parecer débil frente a mis compañeros.

En menos de tres meses ya era fumadora de tiempo completo. Pasé de Kent a Marlboro, y finalmente me estabilicé en Lucky Strike, que fue mi marca durante los últimos diez años. Fumaba entre quince y veinte cigarros al día. Cada mañana antes de salir del departamento, cada pausa en la pega, cada momento de espera, cada momento de estrés, cada momento de aburrimiento. El cigarro era mi respuesta para todo.

Santiago es una ciudad donde fumar tiene un costo extra que no siempre se nota. La contaminación atmosférica del valle, especialmente en invierno cuando se forma la capa de smog que tapa la cordillera, ya de por sí castiga los pulmones. Sumarle veinte cigarros diarios era una agresión que mi cuerpo fue acumulando año tras año. Me acuerdo de las alertas de preemergencia ambiental, cuando las autoridades pedían no hacer ejercicio al aire libre, y yo estaba en la terraza de mi departamento en Ñuñoa fumando como si nada.

Mi carrera como periodista me llevó a trabajar en un medio digital en Providencia. El ritmo de trabajo era brutal: cierres de nota a las dos de la mañana, coberturas de prensa que duraban todo el día, la presión constante por publicar primero. El cigarro era mi ancla en medio de ese caos. Salía a fumar cada vez que necesitaba pensar, cada vez que se me trababa un texto, cada vez que un editor me devolvía una nota con correcciones. Mis compañeros que no fumaban tomaban café. Yo fumaba. Era lo mismo, pensaba yo. No era lo mismo.

A los 33 años empecé a notar los efectos de verdad. No era solo la tos ni la falta de aire, que ya las tenía. Era algo más profundo. Me sentía cansada todo el tiempo. Mi piel tenía un color grisáceo que ninguna crema podía disimular. Las ojeras eran permanentes. Y lo que más me afectó: mi voz había cambiado tanto que ya no me reconocía en las grabaciones. Yo, que había estudiado para trabajar en medios, tenía la voz de una fumadora crónica. Un productor de radio me lo dijo sin anestesia: “Graciela, tu voz suena como lija. Si quieres hacer radio algún día, deja el cigarro.”

Intenté dejarlo tres veces. La primera fue a pura fuerza de voluntad, y duré exactamente una semana. Recaí un viernes por la noche en un bar de Bellavista después de dos piscolas de más. La segunda vez probé con chicles de nicotina Nicorette, que compré en una farmacia Cruz Verde. Me duraron tres semanas, pero la combinación de ansiedad, irritabilidad y unas ganas incontrolables de comer me hicieron volver al cigarro con más fuerza que antes. La tercera vez intenté reducir gradualmente: de veinte cigarros a quince, de quince a diez, de diez a cinco. Estuve un mes en cinco cigarros diarios y de ahí volví a veinte en menos de una semana. La reducción gradual no funciona para todo el mundo, y claramente no funcionaba para mí.

Lo que cambió todo fue una consulta con mi doctora en la Clínica Santa María. Yo iba por otro tema, pero ella revisó mi historial y me preguntó directamente: “Graciela, todavía estai fumando?” Cuando le dije que sí, me habló de Champix, que es el nombre comercial de la vareniclina. Me explicó que es un medicamento que actúa bloqueando parcialmente los receptores de nicotina en el cerebro. Eso significa dos cosas: primero, reduce el placer que produce fumar, así que si fumái un cigarro mientras tomái Champix, no sentís la misma satisfacción. Segundo, alivia los síntomas de abstinencia cuando dejái de fumar, porque estimula parcialmente esos mismos receptores.

Me recetó el tratamiento estándar de doce semanas. La primera semana se toma una dosis baja mientras se sigue fumando. La segunda semana se sube la dosis, y ahí es cuando fijái el día para dejar de fumar. Las diez semanas restantes son de mantención. Champix no es barato en Chile, pero lo encontré en farmacias Ahumada con un precio que, comparado con lo que gastaba en cigarros, era una inversión razonable.

La primera semana, mientras seguía fumando con el Champix en el organismo, noté algo que me sorprendió: los cigarros empezaron a saber diferente. No sabían rico. Sabían como lo que son: humo tóxico. Era una sensación extraña, como si el medicamento me estuviera quitando los lentes color rosa con los que siempre había visto al cigarro. Los que antes eran placenteros, ahora eran simplemente desagradables.

Mi día D fue un lunes. Desperté, tomé la pastilla de Champix con el desayuno, y no fumé. Y aquí es donde la historia cambia respecto a mis intentos anteriores: no sentí el infierno. Las ganas de fumar estaban ahí, no desaparecieron por completo, pero eran manejables. No era esa bestia desbocada de las otras veces. Era más como un murmullo persistente que podía ignorar si me concentraba en otra cosa.

Los primeros días usé una técnica que leí en un foro de exfumadores chilenos: cada vez que me daban ganas de fumar, tomaba un vaso grande de agua. Parece ridículo, pero funciona por dos razones. Primera, el acto de ir a buscar el agua, servirla y tomarla ocupa unos minutos, que es justo el tiempo que dura el impulso más fuerte. Segunda, el agua ayuda a eliminar toxinas del cuerpo, lo cual acelera la desintoxicación.

Mi pololo, Andrés, fue un apoyo fundamental. Él nunca fumó y siempre odió el olor del cigarro, pero nunca me presionó para dejarlo. Cuando le conté que estaba con Champix, se puso a investigar por su cuenta y llegó con una lista de alimentos que supuestamente ayudan a reducir las ganas de fumar: manzanas, zanahorias, apio, jengibre. No sé si la ciencia respalda eso al cien por ciento, pero el gesto me emocionó. Y las manzanas estaban ricas, así que no perdía nada.

La tercera semana tuve un momento complicado. Fue un cierre de edición particularmente estresante, mi editor estaba insoportable, y la nota que había escrito la tiraron abajo a última hora. Salí del edificio y caminé directo al quiosco de la esquina. Estaba a punto de pedir una cajetilla de Lucky Strike cuando el tipo del quiosco me dijo: “Oye, pero si tú dejaste de fumar, po. Me lo dijiste la semana pasada.” Resulta que en un momento de orgullo le había contado al quiosquero que estaba dejando el cigarro. Y ese señor, cuyo nombre ni siquiera sé, me salvó de una recaída con una simple frase. Me di vuelta y volví a la oficina sin comprar nada.

Las semanas siguientes fueron cada vez más fáciles. El Champix seguía haciendo su trabajo, y mi cuerpo se iba desacostumbrando a la nicotina. Empecé a notar los cambios: la piel se me veía mejor, la tos matutina desapareció, podía subir las escaleras del metro Baquedano sin quedarme sin aire. Y la voz, mi voz, empezó a cambiar. A las ocho semanas, mi editor de radio me dijo: “Graciela, tu voz suena increíble. Qué estai haciendo diferente?” Sonreí y le dije: “Dejé de fumar.”

Terminé las doce semanas de Champix y dejé el medicamento. Tuve un poco de ansiedad los primeros días sin la pastilla, pero para ese momento mi cuerpo ya estaba limpio de nicotina y los hábitos nuevos estaban arraigados. El café de la mañana ya no necesitaba cigarro. Las pausas en el trabajo las usaba para caminar una cuadra y volver. Los viernes por la noche en Bellavista los pasaba sin necesitar fumar.

Económicamente, la diferencia es grande. En Chile una cajetilla de Lucky Strike cuesta alrededor de 4.500 pesos. Fumando una al día, son unos 135.000 pesos mensuales. Más de un millón seiscientos mil pesos al año. Con parte de ese ahorro me compré unas zapatillas de running y empecé a correr. Algo impensable hace dos años, cuando subir una escalera me dejaba sin aliento. Ahora corro tres veces por semana por el Parque Bicentenario, y estoy entrenando para una corrida de diez kilómetros.

Lo que más valoro de haber dejado de fumar no son los beneficios físicos ni el ahorro económico, aunque ambos son enormes. Lo que más valoro es la libertad. Durante quince años, el cigarro controlaba mi día. Dónde me sentaba en un restaurante, cuánto tiempo podía estar en un lugar cerrado, cuándo salía de una reunión, qué hacía en cada pausa. Ahora esas decisiones son mías, no de la nicotina.

A veces me preguntan si extraño fumar. La respuesta honesta es que a veces, en momentos muy puntuales, siento un eco de las ganas. Un fantasma del hábito que aparece por un segundo y se va. Pero ya no me asusta. Sé que es solo eso: un eco. El cigarro ya no tiene poder sobre mí.

Si estai leyendo esto y llevái años fumando, te digo una cosa: no tenís que hacerlo solo o sola. Hay herramientas que funcionan. Champix funcionó para mí, y puede funcionar para ti. Habla con tu doctor, investiga, y dale una oportunidad. Lo peor que puede pasar es que no funcione y tengai que probar otra cosa. Pero lo mejor que puede pasar es que funcione y recuperís tu vida. A mí me pasó lo mejor.

Santiago sigue lleno de smog en invierno y la cordillera se sigue escondiendo detrás de la nube gris. Pero cuando el aire está limpio y la cordillera aparece con sus cumbres nevadas, yo la puedo ver con los ojos limpios, respirar sin toser, y sentir que le gané a algo que parecía más grande que yo. No era más grande. Yo era más fuerte. Siempre lo fui.