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Dejé de fumar a los 61 años con parches de nicotina tras 38 años

9 min read Updated March 29, 2026

Dejé de fumar a los 61 años con parches de nicotina tras 38 años

Me llamo Fernando Ortiz, tengo 61 años y soy de Valencia. Fumé durante 38 años. Treinta y ocho años de mi vida encadenado al tabaco. Empecé con 23 y dejé con 60. Hoy, después de un año sin fumar, os puedo decir que dejar el tabaco a los 60 años no solo es posible, sino que ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. Y lo hice con parches de nicotina, paciencia y una cabezonería que por fin utilicé para algo bueno.

El primer cigarro en la Valencia de los ochenta

Corría el año 1988. Yo tenía 23 años y trabajaba como electricista en una empresa de instalaciones del polígono industrial de Paterna. Era la España del destape tardío, de la movida que llegaba con retraso a Valencia, de las verbenas en los pueblos y las cervezas baratas. Fumar era lo más normal del mundo. Todo el mundo fumaba: el jefe, los compañeros, el camarero del bar donde desayunábamos, el taxista, el médico de cabecera. No exagero, mi médico de cabecera fumaba en la consulta.

Mi primer cigarro fue un Ducados negro. Me lo dio mi compañero Paco en un descanso de la obra. Aquello sabía a rayos, fuerte como un puñetazo. Pero Paco se rio de mi cara de asco y me dijo: “Ya te acostumbrarás, chaval.” Y claro que me acostumbré. En pocas semanas ya fumaba un paquete diario. Primero Ducados, luego pasé a Fortuna, y finalmente a Nobel, que eran los que mejor me sentaban.

Casi cuatro décadas de humo

Durante 38 años, el tabaco fue tan parte de mí como respirar. Lo irónico es que el tabaco es justamente lo contrario de respirar. Pero así funciona la adicción: te hace creer que lo que te destruye es lo que te sostiene.

Mi rutina era siempre la misma. Me levantaba a las seis de la mañana, me fumaba el primer cigarro en el balcón de mi piso del barrio de Benimaclet mientras miraba amanecer. Con el café, otro. De camino al trabajo en la furgoneta, dos o tres más. En cada pausa de la jornada, uno o dos. Después de comer, sin falta. Por la tarde, viendo la tele con mi mujer, Carmen, iba fumando sin parar. Al final del día, entre 25 y 30 cigarrillos.

Los fines de semana la cosa empeoraba. Las paellas de los domingos en el huerto de mis suegros en l’Horta Nord siempre incluían sobremesas larguísimas donde yo fumaba sin parar mientras los demás hablaban. Las fallas eran una fiesta para mi adicción: entre mascletàes, verbenas y cenas con los amigos de la comisión fallera, podía fumarme dos paquetes en un solo día.

Lo que el tabaco me fue quitando

A los 40 años empecé a notar los primeros daños. La tos matutina se instaló como un inquilino permanente. La disnea al subir escaleras se fue haciendo más frecuente. Las infecciones respiratorias cada invierno se convirtieron en rutina. Pero como todo sucedía poco a poco, lo fui normalizando. “Son cosas de la edad”, me decía.

A los 50, mi dentista me dijo que tenía periodontitis avanzada. Los dientes se me movían, las encías sangraban. Me extrajeron cuatro muelas en dos años. El dentista fue claro: “Fernando, el tabaco te está destrozando la boca.”

Mi mujer, Carmen, llevaba décadas pidiéndome que lo dejara. Era una batalla constante entre nosotros. “Fernando, la casa apesta a tabaco.” “Fernando, los nietos no quieren que les des besos porque dices que hueles mal.” “Fernando, vas a acabar como tu padre.” Mi padre murió a los 72 de un enfisema pulmonar. Fumó toda su vida. Yo vi cómo se fue apagando poco a poco, cómo cada respiración se convirtió en un esfuerzo, cómo al final no podía ni caminar hasta el baño sin quedarse sin aire. Y aun viendo eso, seguí fumando. Así de poderosa es la adicción.

Los intentos que fracasaron

A lo largo de los años intenté dejarlo cinco veces. Cinco intentos, cinco fracasos. La primera vez, a los 35, lo hice por Carmen, que estaba embarazada de nuestro segundo hijo. Duré dos semanas y volví. La segunda, a los 42, lo intenté con chicles de nicotina. Los chicles me sentaron fatal al estómago y los dejé al mes. La tercera, a los 48, fui a un hipnotizador que me cobró 200 euros por una sesión. No me hizo nada. La cuarta, a los 53, usé un vaporizador durante tres meses, pero acabé compaginándolo con el tabaco de liar. La quinta, a los 56, participé en un programa del centro de salud que combinaba terapia grupal con chicles. Duré cuatro meses, mi récord, pero una cena de Navidad con los amigos acabó con todo. Un cigarro que me ofrecieron con la copa de cava y vuelta a empezar.

Después del quinto fracaso, me rendí. Pensé que moriría fumando. Que ya era demasiado tarde, demasiados años, demasiada adicción. Que mi destino era el mismo que el de mi padre.

El momento que lo cambió todo

En febrero de 2025, fui a recoger a mi nieta Lucía al colegio. Tiene seis años y es la luz de mis ojos. Cuando salió corriendo hacia mí, la cogí en brazos y la lancé al aire como hacía siempre. Pero esa vez, al cogerla, me quedé sin respiración. Sentí un dolor en el pecho y tuve que sentarme en un banco. Lucía me miró asustada y me dijo: “Iaio, ¿estàs bé?”

Esa noche no dormí. Me quedé despierto pensando en mi padre, en sus últimos años arrastrándose por la casa con el oxígeno, en cómo se perdió ver crecer a sus nietos. Y pensé en Lucía, en sus ojos asustados mirándome en ese banco del colegio. No quería que mi nieta me recordara así. No quería perderme su comunión, su graduación, su vida. Quería estar ahí, de pie, respirando.

A la mañana siguiente llamé a mi médico de cabecera del centro de salud de Benimaclet y le dije que quería dejarlo de una vez por todas. Le conté todos mis intentos fallidos. Me escuchó con paciencia y me dijo: “Fernando, vamos a intentarlo de otra manera. Vamos a probar con parches de nicotina, pero esta vez con un seguimiento mucho más estrecho.”

El tratamiento con parches

El médico me diseñó un plan personalizado teniendo en cuenta mi historial. Empezaríamos con parches Nicotinell de 21 mg, que me proporcionarían una dosis constante de nicotina durante todo el día. Me explicó que, dado mi nivel de consumo tan alto y tantos años de adicción, necesitaba una dosis potente al principio para evitar el síndrome de abstinencia severo que me había hecho fracasar antes.

El 1 de marzo de 2025, me puse el primer parche. Lo coloqué en el brazo, debajo del hombro, como me indicaron. La noche anterior había fumado mi último cigarrillo. Lo hice a propósito, de forma consciente, como una despedida. “Se acabó”, le dije a Carmen antes de acostarme. “Esta vez va en serio.” Ella, después de tantas promesas rotas, me miró con esperanza mezclada con escepticismo. No la culpo.

Los primeros días: duros pero diferentes

Los primeros días con el parche fueron duros, pero diferentes de mis intentos anteriores. La urgencia física de fumar estaba amortiguada. El parche mantenía un nivel de nicotina constante en mi cuerpo que evitaba los picos de ansiedad que me habían derrotado antes. Aun así, el componente psicológico era brutal. Mis manos buscaban el paquete automáticamente. Mis labios echaban de menos el cigarrillo. Los momentos asociados al tabaco eran como agujeros negros de tentación: el café de la mañana, el descanso del trabajo, la sobremesa.

Para manejar los momentos difíciles, desarrollé estrategias. Llevaba siempre un paquete de palillos de dientes y una botella de agua. Cuando las ganas apretaban, mordía un palillo y bebía agua. Suena ridículo, pero funcionaba. También empecé a caminar. Todas las tardes, después de comer, en vez de sentarme a fumar, salía a dar un paseo por el Jardín del Turia. Al principio eran paseos cortos, de quince minutos. Después fueron de media hora. Al mes ya caminaba una hora diaria.

La bajada gradual

A las seis semanas, el médico me bajó al parche de 14 mg. Noté un poco más de ansiedad los primeros dos días, pero fue manejable. Mi cuerpo se estaba acostumbrando a funcionar con menos nicotina. A las diez semanas pasé al parche de 7 mg. Y a las doce semanas me quité el último parche.

El día que me quité el último parche sentí miedo. Era la primera vez en 38 años que mi cuerpo iba a estar completamente libre de nicotina. Llamé a mi hijo Javier, que vive en Madrid, y le dije: “Hijo, hoy me he quitado el último parche.” “Papá, eres un campeón”, me dijo con la voz entrecortada. “El abuelo estaría orgulloso.”

Lo que cambió en mi cuerpo a los 61 años

Los médicos dicen que incluso a edades avanzadas, el cuerpo se recupera parcialmente del daño del tabaco. Y yo soy la prueba viviente. A las dos semanas, la tos matutina empezó a disminuir. Al mes, prácticamente había desaparecido. Al tercer mes, mi médico me hizo una espirometría y la función pulmonar había mejorado un 12%. “Fernando, esto es extraordinario para alguien que fumó 38 años”, me dijo.

Puedo subir los cuatro pisos de mi edificio sin pararme a descansar en cada rellano. Puedo jugar con Lucía en el parque sin quedarme sin resuello. Puedo caminar por la playa de la Malvarrosa sin sentir que me falta el aire. Estas cosas, que para cualquiera son normales, para mí son pequeños milagros cotidianos.

El sentido del gusto volvió con fuerza. La primera paella que comí sin fumar antes ni después fue una experiencia reveladora. Los sabores del sofrito, del azafrán, del romero, del conejo, todo tenía una profundidad que llevaba años sin percibir. Carmen me miró comer con los ojos como platos. “Si llego a saber que ibas a disfrutar tanto la comida, te habría obligado a dejarlo hace veinte años”, me dijo riendo.

El apoyo que no esperaba

Carmen fue mi roca. Después de tantos intentos fallidos, esta vez se volcó conmigo de una manera diferente. No me presionaba, no me vigilaba, no me preguntaba cada hora si había fumado. Simplemente estaba ahí. Me preparaba infusiones de manzanilla por las noches. Me acompañaba en los paseos por el Turia. Me abrazaba cuando la ansiedad apretaba.

Mis compañeros de la comisión fallera también fueron un apoyo inesperado. Cuando les dije que estaba dejando el tabaco, la mayoría me apoyó. Pepe, el clavario, que también es exfumador, me llevaba caramelos de menta a los ensayos. “Para cuando te entren ganas, Fernando”, me decía guiñándome un ojo.

También acudí a la Asociación Española Contra el Cáncer, que ofrece un programa de acompañamiento telefónico para personas que están dejando de fumar. Una voluntaria me llamaba cada semana para ver cómo iba. Esas llamadas, saber que alguien se preocupaba por mi progreso, me daban un empujón extra.

El dinero y la libertad

Un paquete de tabaco en España cuesta alrededor de 5,50 euros. Yo fumaba un paquete y pico al día, así que gastaba unos 8 euros diarios. Eso son 240 euros al mes, casi 2.900 euros al año. En 38 años, más de 110.000 euros en humo. Es una cifra que da vértigo.

Con el dinero que he ahorrado en este primer año sin fumar, Carmen y yo nos fuimos una semana a Mallorca. Paseamos por Palma, subimos al castillo de Bellver, comimos ensaimadas en un café del puerto. Y yo respiraba. Respiraba sin tos, sin ahogo, sin dolor. Eso no tiene precio.

Un mensaje para los mayores de 60

Si tenéis 60, 65, 70 años y seguís fumando, os entiendo. Yo pensaba que ya era tarde para mí. Que después de 38 años, el daño estaba hecho y no merecía la pena intentarlo. Estaba equivocado. Completamente equivocado.

Vuestro cuerpo se puede recuperar, aunque sea parcialmente. Vuestra calidad de vida puede mejorar de formas que no imagináis. Podréis jugar con vuestros nietos, pasear con vuestra pareja, disfrutar de la comida, respirar el aire fresco sin que os duela.

Los parches de nicotina fueron la herramienta que me funcionó a mí. Puede que a vosotros os funcione otra cosa. Lo importante es no rendirse. Yo fracasé cinco veces antes de conseguirlo. Cinco veces. Y a la sexta, a los 60 años, lo logré.

Hoy tengo 61 años y soy un hombre libre. Cuando Lucía me abraza y me dice “Iaio, qué bé que olors”, sé que cada momento de lucha, cada noche difícil, cada instante de tentación, valió absolutamente la pena. No es tarde. Nunca es tarde.