21 años fumando en Madrid y lo dejé a las bravas sin mirar atrás
Me llamo Enrique Sánchez, tengo 44 años y soy de Madrid. De Vallecas, para ser exacto. Fumé durante 21 años, y lo dejé a lo bruto: de un día para otro, sin parches, sin pastillas, sin chicles, sin nada. Frío total. Y aquí estoy, más de un año después, sin haber vuelto a fumar un solo cigarro. Esta es mi historia, y no voy a maquillarla.
Empecé a fumar a los 23 años. Acababa de aprobar las oposiciones de bombero del Ayuntamiento de Madrid, y la ironía de que un bombero fume no se me escapa. Me invitaron a celebrar en un bar de Malasaña, y entre las cervezas y la euforia, alguien sacó un paquete de Ducados y me ofreció uno. Los Ducados eran tabaco negro, fuerte como el demonio, y la primera calada casi me tumba. Pero esa noche fumé cuatro o cinco, y al día siguiente me compré un paquete de Fortuna rubio, que era más suave, y ahí empezó todo.
Con el tiempo fui subiendo de nivel. De Fortuna pasé a Chesterfield, de Chesterfield a Marlboro, y al final me estabilicé en Lucky Strike, que fue mi marca durante los últimos diez años. Fumaba un paquete al día, veinte cigarrillos justos. A veces más si era fin de semana y salía de cañas por Lavapiés o por La Latina. Los domingos de vermú eran especialmente peligrosos: entre el vermú, las aceitunas, los amigos y la terraza, podía fumarme treinta cigarrillos sin despeinarse.
Lo absurdo de mi situación era mi trabajo. Soy bombero. Mi trabajo consiste literalmente en salvar gente de incendios, en entrar a edificios llenos de humo, en cargar equipos de respiración autónoma que pesan veinte kilos. Y yo salía de un servicio, me quitaba el equipo de respiración y me encendía un cigarrillo. Mis compañeros del parque se reían: “Quique, acabas de respirar aire limpio durante una hora y lo primero que haces es contaminar tus pulmones.” Yo me reía también, pero por dentro sabía que era un desastre.
La forma física es fundamental para un bombero. Hacemos pruebas de aptitud cada año, y durante mis veinte años fumando, las fui pasando cada vez más justitas. La prueba de resistencia cardiovascular, que consiste en correr en cinta durante un tiempo determinado, pasó de ser algo fácil a ser una tortura. Mis compañeros que no fumaban la hacían sin despeinarse. Yo llegaba al final con el corazón a doscientas pulsaciones, rojo como un tomate, a punto del vómito. Mi capitán me llamó a su despacho una vez y me dijo: “Enrique, si el tabaco te impide hacer tu trabajo, va a ser un problema.” Lo dijo con respeto pero con firmeza, y tenía toda la razón.
En casa la cosa tampoco iba bien. Mi mujer, Alicia, es profesora de educación física en un instituto de Getafe. Es la persona más sana que conozco: corre medias maratones, come de forma impecable, no bebe alcohol. Que se casara conmigo, fumador empedernido, sigue siendo un misterio que ni ella puede explicar. Durante años, Alicia no me dijo nada sobre el tabaco. Es de esas personas que creen que cada uno tiene que tomar sus propias decisiones. Pero cuando nació nuestro hijo Marcos, hace tres años, algo cambió. Me dijo una sola vez, con esa calma suya que es más contundente que cualquier grito: “Enrique, Marcos no merece un padre que se muera joven.” Y no volvió a hablar del tema.
Esa frase se quedó en mi cabeza durante meses. La escuchaba mientras fumaba en el balcón de nuestro piso en Vallecas. La escuchaba mientras encendía el primer cigarro de la mañana. La escuchaba mientras compraba tabaco en el estanco de la esquina. Y un día, sin planificarlo, sin fecha señalada, sin rituales ni ceremonias, dije basta.
Fue un miércoles. No recuerdo el mes exacto, pero era invierno, porque hacía un frío madrileño de esos que te cortan la cara. Acababa de salir de una guardia de veinticuatro horas en el parque de bomberos, y mientras caminaba hacia el coche, metí la mano en el bolsillo para sacar el paquete de Lucky Strike, como hacía siempre. Y de repente, sin pensarlo, tiré el paquete a una papelera. No fumé el “último cigarrillo ceremonial”. No me despedí del tabaco con una calada solemne. Simplemente tiré el paquete y me fui a casa.
Las primeras 48 horas fueron un infierno. No voy a endulzar esto porque sería mentir. La ansiedad era física, brutal. Sentía como si tuviera bichos debajo de la piel. No podía estar quieto. Daba vueltas por el piso como un animal enjaulado. Alicia me miraba preocupada pero no decía nada. Marcos lloraba porque a los dos años lloran por todo, y yo tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para no perder los nervios.
El tercer día empecé a comer como un desquiciado. Todo lo que encontraba en la nevera, en la despensa, en los armarios. Galletas, jamón, aceitunas, pan con aceite, frutos secos. Alicia, que es la persona más práctica del mundo, fue al Mercadona y compró kilos de zanahorias, pepinos y apio para que tuviera algo que masticar sin reventar de calorías. Esas zanahorias me salvaron la vida. Cada vez que las ganas de fumar me atacaban, mordía una zanahoria con la rabia de un hombre en guerra. Debo haberme comido diez kilos de zanahorias ese primer mes.
El ejercicio fue la otra tabla de salvación. Al cuarto día sin fumar, salí a correr por el parque de El Retiro. Llevaba años sin correr fuera de las pruebas obligatorias del trabajo. Los primeros diez minutos fueron horribles: los pulmones me ardían, las piernas me pesaban, y tuve que parar tres veces. Pero algo dentro de mí se encendió. Era como si el cuerpo dijera: “Por fin vas a cuidarme.” A partir de ese día, corría tres o cuatro veces por semana. Retiro, Madrid Río, Casa de Campo. Madrid es una ciudad increíble para correr, y yo llevaba dos décadas sin aprovecharlo.
La segunda semana fue dura pero diferente. La ansiedad física empezó a disminuir. Los sudores nocturnos se fueron. El insomnio mejoró. Pero apareció el componente psicológico con fuerza. Estaba en el parque de bomberos, después de un servicio complicado, con la adrenalina a tope, y todo mi ser pedía un cigarro. Esos momentos los superé con una técnica muy primitiva pero eficaz: salía del edificio, respiraba hondo cinco veces, y volvía a entrar. El impulso duraba tres o cuatro minutos. Si aguantaba esos minutos, pasaba.
Mis compañeros del parque fueron un apoyo inesperado. Cuando les dije que lo estaba dejando, la mayoría reaccionó con respeto. Los que fumaban me evitaban cuando iban a encenderse uno, algo que agradecí enormemente. Y Javi, mi compañero de turno que había dejado de fumar hacía cinco años, se convirtió en una especie de mentor. “Quique, los primeros tres meses son los peores”, me decía. “Después, cada día es más fácil.” Tenía razón.
El primer mes sin fumar coincidió con las pruebas de aptitud física anuales. Hice la prueba de resistencia cardiovascular y saqué el mejor resultado que había tenido en diez años. No fue una mejora espectacular, un mes no es suficiente para revertir veinte años de daño, pero fue suficiente para notar la diferencia. Mi capitán me vio salir de la prueba y me dijo: “Enrique, se nota.” Esas tres palabras valieron más que cualquier diploma.
A los tres meses, la tos crónica que tenía desde hacía años desapareció. Simplemente se fue, como un inquilino molesto que por fin hace las maletas. Mi sentido del gusto se disparó: el cocido madrileño que hacía mi madre sabía diferente, mejor, más profundo. Los pinchos de tortilla del bar de abajo tenían un sabor que llevaba años sin percibir. Alicia se reía porque en cada comida yo comentaba lo buena que estaba la comida, como si la probara por primera vez.
A los seis meses corrí mi primera carrera popular: la San Silvestre Vallecana, la de mi barrio, la que veía pasar desde el balcón cada Nochevieja. Nunca la había corrido porque nunca tuve la capacidad pulmonar para hacerlo. La corrí en un tiempo decente, no brillante, pero la corrí entera sin parar. Crucé la meta y busqué a Alicia y a Marcos entre el público. Marcos no entendía nada porque tiene tres años, pero Alicia sí entendía, y me abrazó con una fuerza que decía todo lo que las palabras no podían.
El ahorro económico es otro capítulo. En España un paquete de Lucky Strike cuesta unos 5,60 euros. Veinte cigarrillos al día, un paquete diario, son unos 168 euros al mes. Más de 2.000 euros al año. Con ese dinero compramos una bicicleta para Marcos, renovamos la cocina del piso, y todavía sobró para un fin de semana en Asturias que fue el mejor viaje familiar que hemos hecho.
Dejarlo a las bravas no es para todo el mundo, lo sé. Hay gente que necesita parches, pastillas, terapia, y no hay ninguna vergüenza en eso. Pero para mí funcionó así. A lo bestia, a lo Vallecas, si me permiten la broma. Sin medias tintas, sin reducción gradual, sin “me fumo solo uno de vez en cuando”. Cero cigarrillos. Punto. Porque yo me conozco, y sé que si me fumo uno, me fumo el paquete, y si me fumo el paquete, vuelvo a los veinte diarios en una semana.
Lo que aprendí de esta experiencia es que la fuerza está ahí dentro, pero a veces necesita un detonante. Para mí fue la frase de Alicia sobre Marcos. Para otros será otra cosa: un susto médico, un hijo, una revelación personal. No importa qué lo detone. Lo que importa es que cuando llegue ese momento, lo agarres con las dos manos y no lo sueltes.
Soy bombero. Mi trabajo es apagar fuegos. Y el fuego más importante que he apagado en mi vida no fue en ningún incendio. Fue el que llevaba encendido entre mis labios durante 21 años. Ese ya está apagado, y no pienso volver a prenderlo.