Guide

36 años fumando en Lima y los parches me ayudaron a ver a mis nietos crecer

8 min read Updated March 29, 2026

Me llamo Emilio García, tengo 59 años y soy limeño. Nací en Breña, crecí en Jesús María y ahora vivo en San Borja con mi esposa Rosa. Fumé durante 36 años. Treinta y seis años en los que el cigarrillo fue mi compañero más fiel, más constante que cualquier amigo, más presente que cualquier hábito. Y hoy les puedo decir que lo dejé. A los 59 años, cuando muchos dirían que ya para qué, yo digo que justamente por eso: porque quiero vivir lo que me queda con pulmones que funcionen.

Empecé a fumar a los 23 años, en 1990. Trabajaba como técnico electricista en una fábrica en el Callao, y en esa época fumar era tan normal como respirar. Todos los obreros fumaban en los descansos, los ingenieros fumaban en sus oficinas, hasta el vigilante fumaba en la puerta. Mi marca era Hamilton, que en esos años era la más popular en Perú. Costaba poquísimo y se conseguía en cualquier bodega. Después, cuando los Hamilton desaparecieron del mercado, pasé a Lucky Strike, y esa fue mi marca durante las últimas dos décadas.

Fumaba entre veinte y veinticinco cigarrillos al día. No había momento del día en que no estuviera fumando o pensando en fumar. El primero era al despertar, antes de ir al baño. El último era en la cama, antes de apagar la luz, cosa que ahora me parece una locura absoluta considerando el riesgo de incendio. Entre esos dos había una cadena ininterrumpida de cigarrillos que marcaban el ritmo de mi día: el del desayuno, el del micro camino al trabajo, los de los descansos, el de después del almuerzo, el de la caminata de vuelta a casa, los de la noche viendo televisión.

Mi esposa Rosa nunca fumó. Es enfermera en el Hospital Edgardo Rebagliati, y durante 30 años de matrimonio me pidió que dejara de fumar de todas las formas posibles: con cariño, con enojo, con lágrimas, con ultimátums, con silencio. El silencio era lo peor. Cuando Rosa dejaba de hablar del tema, yo sabía que se había resignado, y esa resignación me dolía más que cualquier pelea.

Mis tres hijos crecieron con un padre fumador. Carla, la mayor, tiene 28 años. Eduardo tiene 25 y Lucía tiene 22. Los tres me pidieron en algún momento que dejara de fumar. Carla me escribió una carta cuando tenía doce años, para el Día del Padre, que decía: “Papi, lo único que quiero de regalo es que dejes de fumar”. Guardé esa carta en mi billetera durante años. La leía a veces, me sentía terrible, y después me fumaba un cigarrillo para calmar la culpa. Así de retorcida es la nicotina.

Mi salud se fue deteriorando de forma gradual pero implacable. A los 40 ya tenía tos crónica. A los 45, el médico de EsSalud me diagnosticó enfisema pulmonar incipiente. A los 50, una radiografía de tórax mostró unas manchas que nos asustaron a todos, aunque afortunadamente resultaron ser cicatrices de infecciones previas, no cáncer. Pero el susto fue suficiente para que Rosa me mirara esa noche con unos ojos que nunca voy a olvidar y me dijera: “Emilio, la próxima vez puede que no tengamos tanta suerte.”

Intenté dejar de fumar en cuatro ocasiones. La primera fue a pura voluntad, y duré cinco días. La segunda probé con caramelos de menta como sustituto, que obviamente no sirvieron de nada porque un caramelo no tiene nicotina. La tercera vez fui donde un señor en Lince que hacía acupuntura y me puso agujas en las orejas. Duré dos semanas y volví a fumar un viernes por la noche viendo el clásico Alianza contra la U con mis patas. La cuarta vez usé cigarrillos electrónicos, pero terminé usando el electrónico y el de verdad al mismo tiempo, igual que mucha gente.

Lo que finalmente funcionó fue una combinación de decisión firme, apoyo médico y parches de nicotina. El detonante fue mi nieto. Carla tuvo a su primer hijo, mi primer nieto, al que bautizaron Emilio como yo. Cuando lo cargué por primera vez en el hospital, con sus manitas diminutas y su olor a bebé nuevo, algo se rompió dentro de mí. No podía ser el abuelo que apestara a cigarrillo. No podía ser el abuelo que no pudiera correr detrás de él cuando aprendiera a caminar. No podía ser el abuelo que se muriera de enfisema antes de verlo entrar al colegio.

Fui a una consulta con un neumólogo en la Clínica Ricardo Palma. Me hizo exámenes completos: espirometría, radiografía, análisis de sangre. Los resultados no eran buenos, pero tampoco eran irreversibles. Me dijo que si dejaba de fumar ahora, todavía podía recuperar parte de mi función pulmonar. Me recomendó terapia de reemplazo de nicotina con parches, y me explicó el protocolo: empezar con parches de 21 mg durante seis semanas, bajar a 14 mg por cuatro semanas, y terminar con 7 mg por dos semanas más.

Los parches los conseguí en una farmacia InkaFarma cerca de mi casa. Los Nicorette eran los que tenían disponibles, y aunque no eran baratos comparados con una cajetilla de cigarrillos, costaban menos que el tratamiento de un enfisema avanzado. Rosa se ofreció a pagar la primera caja con sus ahorros, y eso me conmovió profundamente. Ella llevaba 30 años esperando este momento.

El primer día con el parche fue revelador. Me lo pegué en el hombro al despertar, y no fumé. Las ganas estaban ahí, pero eran tolerables. No era la desesperación de las veces anteriores. El parche liberaba nicotina de forma constante y controlada, y eso mantenía los peores síntomas a raya. Pude desayunar sin fumar. Pude ir al trabajo en el micro sin fumar. Pude almorzar sin fumar. Cada momento que antes requería un cigarrillo, lo pasé sin él, y el mundo no se acabó.

La primera semana tuve un poco de insomnio. Me acostaba y daba vueltas en la cama durante horas. El médico me había advertido que eso podía pasar, y me sugirió quitarme el parche una hora antes de dormir si el problema persistía. Eso ayudó bastante. También tuve un aumento de apetito brutal. Todo me provocaba: anticuchos, ceviche, lomo saltado, las galletas de vainilla que Rosa compra en Metro. Subí tres kilos durante el primer mes, pero mi médico me dijo que era completamente normal y que era mucho menos dañino que seguir fumando.

Lo más difícil fue el aspecto social. Mis amigos de toda la vida, los patas con los que veía fútbol los domingos, casi todos fumaban. El primer domingo que fui a ver el partido de Alianza Lima sin fumar fue una tortura. Ellos prendían sus cigarrillos, el olor me rodeaba, y mis manos no sabían qué hacer. Empecé a llevar maní confitado para tener algo que hacer con las manos y la boca. Mis patas se burlaban: “Oye, Emilio, te estás volviendo ardilla”. Pero el chiste pronto se acabó cuando vieron que iba en serio, y varios me dijeron en privado que los estaba inspirando a intentarlo.

Las semanas pasaron, y fui bajando de dosis según el plan. De 21 mg a 14 mg la transición se sintió un poco, hubo un par de días de más ansiedad, pero nada comparado con dejarlo en seco. De 14 mg a 7 mg apenas lo noté. Y cuando llegó el día de quitarme el último parche, después de doce semanas, lo hice con una mezcla de nervios y emoción. Esa noche Rosa me preparó un ceviche especial, con su leche de tigre perfecta, y brindamos con chicha morada por mi nueva vida.

Los beneficios empezaron a notarse casi de inmediato. A las dos semanas ya no tosía por las mañanas. Al mes podía subir las escaleras del departamento sin parar a medio camino a recuperar el aliento. A los tres meses, una nueva espirometría mostró mejoría en mi capacidad pulmonar. Mi neumólogo me dijo algo que se me grabó: “Don Emilio, sus pulmones están agradecidos. Deles más tiempo y le van a devolver el favor.”

Pero el momento que selló todo fue con mi nieto. El pequeño Emilio ya tiene un año y medio, y la otra vez estuve jugando con él en el parque del barrio. Él corría, yo corría detrás de él. Él se caía, yo lo levantaba. Él se reía, yo me reía. Pude estar ahí, presente, sin jadear, sin toser, sin tener que parar cada cinco minutos a recuperarme. Cuando Carla nos vio jugando, sacó una foto con su celular. Esa foto está en mi mesita de noche, y cada vez que la veo, me recuerdo por qué hice lo que hice.

Económicamente, el cambio es notable. En Perú una cajetilla de Lucky Strike cuesta alrededor de 14 soles. Fumando una al día, son unos 420 soles mensuales. Más de 5,000 soles al año. Con parte de ese ahorro le compré un triciclo al nieto. Con otra parte, invité a Rosa a comer a un restaurante en Miraflores que ella quería conocer desde hacía años. Y el resto lo estoy guardando para un viaje a Cusco que tenemos pendiente desde hace una década.

A los 59 años, sé que no puedo recuperar el daño de 36 años de tabaco. Los pulmones no vuelven a ser los de un joven de 20. Pero cada día que pasa sin fumar es un día en que mi cuerpo se repara un poco más, en que mi riesgo de cáncer baja un poco más, en que tengo un poco más de probabilidades de estar ahí cuando mi nieto entre al colegio, cuando se gradúe, cuando me necesite.

Si estás leyendo esto y tienes más de 50 años y piensas que ya es muy tarde para dejar de fumar, te digo con toda la autoridad que me dan mis 59 años y mis 36 años de adicción: no es tarde. Nunca es tarde. El mejor momento para dejar de fumar fue hace treinta años. El segundo mejor momento es hoy.

Lima sigue siendo gris, la garúa sigue cayendo sobre San Borja cada invierno, y el tráfico de la Javier Prado sigue siendo un caos. Pero yo respiro mejor, vivo mejor, y tengo un nieto que me necesita sano. Eso basta. Eso es más que suficiente.