Dejé de fumar de golpe después de 23 años y así fue mi experiencia
Me llamo Diego Pérez, tengo 46 años y soy de la Ciudad de México. El 15 de septiembre de 2023 fumé mi último cigarro. Lo apagué en un cenicero de barro que mi abuela me había regalado años atrás, lo miré fijamente y dije en voz alta: “Se acabó.” No usé parches, no usé pastillas, no usé ningún sustituto. Dejé de fumar en frío, de un día para otro, después de veintitrés años de adicción. Y aquí sigo, firme, con más de dos años sin tocar un solo cigarro.
Esta es mi historia. No la cuento para presumir ni para decir que mi método es el mejor. La cuento porque quizá alguien en algún rincón de este país necesita saber que sí se puede, aunque parezca imposible.
El principio de todo
Empecé a fumar a los 18 años, recién salido de la prepa. Vivía en la colonia Del Valle con mis padres y había entrado a estudiar ingeniería en la UNAM. Mi primer cigarro fue un Marlboro Rojo que me ofreció mi compadre Raúl en una fiesta en Coyoacán. Recuerdo perfectamente la sensación: el mareo, el ardor en la garganta, la risa nerviosa. “Esto no es lo mío”, pensé esa noche. Una semana después ya estaba comprando mi propia cajetilla.
La universidad fue el caldo de cultivo perfecto. Las horas de estudio en la biblioteca, los trayectos largos en el metro, las noches de desvelo antes de los exámenes. El cigarro se volvió mi compañero para todo. Fumaba Marlboro Rojo al principio, luego me pasé a Delicados porque eran más baratos, y cuando empecé a trabajar y tuve más lana, volví al Marlboro. También probé los Camel, los Benson, hasta los Faros cuando andaba bien apretado de dinero.
La escalada
Para los 25 años ya fumaba una cajetilla diaria sin problema. A los 30, cuando me ascendieron a jefe de proyectos en una constructora de Polanco, subí a cajetilla y media. El estrés del trabajo era bestial. Los plazos imposibles, las juntas interminables, los problemas con proveedores. Cada conflicto era un pretexto para salir al estacionamiento y prender un cigarro.
Mi esposa, Fernanda, me pedía que lo dejara. Al principio con cariño, luego con frustración, al final con resignación. Mis hijos, Sebastián y Valentina, crecieron viéndome fumar en el balcón del departamento. A Valentina le daba asco el olor y me lo decía sin filtro, como solo puede hacerlo una niña de ocho años: “Papá, hueles feo.”
Intenté dejarlo tres veces. La primera con parches Nicorette, que me dieron un sarpullido tremendo en el brazo. La segunda con un vaporizador que compré en una plaza de Insurgentes, pero terminé vapeando y fumando al mismo tiempo. La tercera fue una apuesta con Raúl: el que aguantara más tiempo sin fumar, el otro pagaba la cena. Duré nueve días. Raúl duró siete. Cenamos en un restaurante de la Roma y los dos fumamos afuera antes de entrar.
El momento que cambió todo
El 14 de septiembre de 2023, un día antes de las fiestas patrias, mi padre fue ingresado en el Hospital General de México. Llevaba años fumando, más que yo, y le diagnosticaron enfisema pulmonar avanzado. Verlo en esa cama, con tubos de oxígeno, luchando por respirar, me golpeó como nada me había golpeado antes.
Mi padre me miró a los ojos y me dijo con una voz rasposa que apenas reconocí: “Mijo, no seas terco como yo.” No me pidió que dejara de fumar. No hacía falta. Su cuerpo conectado a esas máquinas era el mensaje más claro que me habían dado en la vida.
Esa noche llegué a casa, me senté en el balcón, prendí un cigarro y lo fumé entero. Lo fumé consciente de cada calada, de cada sensación, del sabor amargo, del humo entrando en mis pulmones. Y cuando lo apagué en ese cenicero de barro, supe que era el último. No fue una promesa vacía. Fue una certeza que me nació del estómago.
El infierno de la primera semana
Dejar de fumar de golpe después de 23 años es como quitarle el agua a una planta y esperar que sobreviva. Los primeros tres días fueron terribles. Me dolía la cabeza constantemente. Tenía una irritabilidad que no podía controlar. Le grité a un compañero en la oficina por una tontería y tuve que disculparme. Fernanda, que es la mujer más paciente del mundo, me miraba con una mezcla de orgullo y temor.
El cuarto día me desperté a las tres de la mañana con una ansiedad que me apretaba el pecho. Me levanté, fui a la cocina, abrí el refrigerador y me comí medio kilo de jícama con chile y limón. Suena ridículo, pero esa jícama me salvó la noche. Descubrí que tener algo que hacer con las manos y la boca era fundamental.
El quinto día fue el peor. Estaba en una junta de obra en Santa Fe y uno de los arquitectos sacó una cajetilla de Camel. El olor me llegó como un golpe. Sentí la boca seca, las manos temblorosas, una voz interior que me decía: “Solo uno. Uno no pasa nada.” Me levanté de la mesa, fui al baño, me eché agua fría en la cara y me miré al espejo. Pensé en mi padre. Volví a la junta sin fumar.
Mis armas secretas
Sin medicamentos ni sustitutos, tuve que encontrar mis propias herramientas para sobrevivir. La primera fue el agua. Empecé a cargar una botella de litro y medio a todos lados. Cada vez que sentía ganas de fumar, le daba un trago largo. Suena simple, pero funcionaba. El gesto de llevar algo a la boca, el acto de tragar, la sensación de frescura. Todo ayudaba.
La segunda fue caminar. En lugar de salir a fumar al estacionamiento, empecé a dar vueltas a la manzana. Caminaba rápido, respiraba hondo, y para cuando volvía, las ganas habían pasado. Con el tiempo, esas caminatas se convirtieron en algo que esperaba con ganas. Descubrí calles de la colonia que nunca había notado. Me fijé en fachadas, en árboles, en detalles que antes se me perdían detrás de una cortina de humo.
La tercera herramienta fue Fernanda. Le pedí que fuera mi cómplice, no mi policía. Que no me regañara si me veía ansioso, sino que me distrajera. Ella empezó a inventar planes: ir por unos tacos al pastor a la taquería de la esquina, pasear por Chapultepec los domingos, ver películas en casa con palomitas. Me rodeó de momentos buenos que no necesitaban cigarro.
La cuarta fue un frasco de vidrio donde cada día metía los sesenta pesos que me habría gastado en cigarros. Ver cómo ese frasco se iba llenando era una motivación visual brutal. Al primer mes, con lo ahorrado, llevé a Fernanda a cenar a un restaurante de la Condesa que siempre habíamos querido probar.
Los cambios que noté
A las dos semanas recuperé el olfato. Nunca me había dado cuenta de cuánto lo tenía atrofiado. La Ciudad de México huele a mil cosas: a elote en la calle, a lluvia sobre el asfalto, a las flores de jacaranda en primavera. Olores que antes pasaban de largo y ahora me llenaban la nariz con una intensidad casi abrumadora.
Al mes, la tos mañanera desapareció. Esa tos que me acompañaba desde hacía más de diez años, que yo había normalizado como si fuera parte de ser adulto, simplemente se fue. Me despertaba y lo primero que notaba era el silencio de mis pulmones.
A los dos meses, subí las escaleras del metro Insurgentes sin quedarme sin aire. Para alguien que vive en una ciudad a 2,240 metros sobre el nivel del mar, donde el oxígeno ya de por sí escasea, eso fue un logro enorme.
A los tres meses, Sebastián me dijo algo que me hizo llorar. Estábamos viendo un partido del América en la tele y, durante un comercial, me miró y dijo: “Oye, papá, ya no hueles a cigarro.” Lo dijo así, tranquilo, como quien comenta el clima. Pero para mí fue como ganar un trofeo.
Las recaídas que no fueron
Hubo momentos en los que estuve a punto de caer. Una noche, después de una discusión fuerte con un cliente que nos canceló un contrato, Raúl me ofreció un cigarro en la banqueta. “Ándale, carnal, te lo mereces”, me dijo. Sentí la tentación como algo físico, como si el cigarro me jalara hacia él. Respiré hondo, le dije que no y me fui caminando hasta Reforma. Caminé cuarenta minutos hasta que se me bajó la ansiedad.
Otra vez fue en una posada navideña, con el ponche, los cuetes, la música, el relajo. Todo el mundo fumando. Me aparté de la fiesta, llamé a Fernanda por teléfono y le dije: “Necesito que me recuerdes por qué dejé de fumar.” Ella me dijo: “Porque quieres ver crecer a tus hijos.” Eso fue suficiente.
Mi padre y yo
Mi padre salió del hospital después de tres semanas. Sigue con tratamiento, con su tanque de oxígeno portátil, limitado en lo que puede hacer. Pero sigue aquí. Y cada vez que lo visito en su casa de Tlalpan y me ve llegar sin olor a cigarro, me da un abrazo que dice más que cualquier palabra.
Él no pudo dejarlo a tiempo. Yo sí. No lo digo con soberbia. Lo digo con un agradecimiento inmenso hacia la vida por haberme dado esa sacudida a tiempo, por haberme mostrado el futuro que me esperaba si no cambiaba de rumbo.
Dos años después
Hoy, con más de dos años sin fumar, mi vida es otra. Corro tres kilómetros cada mañana por el Parque Hundido antes de irme a la oficina. He ahorrado más de cuarenta mil pesos que se habrían ido en humo. Mi relación con Fernanda es mejor que nunca. Mis hijos ya no me asocian con el olor a tabaco.
Dejé de fumar en frío, sin ayuda farmacológica, y no pretendo que eso sea lo correcto para todos. Cada persona es diferente y cada adicción tiene sus matices. Pero lo que sí puedo decir con total convicción es esto: si yo pude, después de 23 años y una cajetilla y media al día, cualquiera tiene una oportunidad.
El secreto no está en el método. Está en encontrar tu razón. La mía fue mi padre en una cama de hospital. La tuya puede ser otra cosa: tus hijos, tu salud, tu libertad, tu dignidad. Encuéntrala, abrázala y no la sueltes. El resto viene solo.